Como era el Vesubio

En la audiencia se pudo escuchar y ver la reconstrucción que del CCDT realizaron desde la Asociación Civil Memoria Abierta

Pero antes que ello, la audiencia comenzó con la lectura de la resolución de tribunal en función del planteo hecho por 2 de los abogados defensores particulares, a raíz de los episodios vividos en la jornada anterior. La “amenaza” echada al aire por Juana tuvo como desenlace la denuncia realizada por los letrados apoderados ante el tribunal. El resultado: el tribunal terminó por desecharla.

Luego de ello comenzó la exposición, como experto, de Gonzalo Conte. Gonzalo es arquitecto y ya hace muchos años trabaja en Memoria Abierta, contribuyendo con su saber a la búsqueda de la verdad.

El trabajo, entre otros, que desde allí realizaron consiste en la reconstrucción de las características físicas y del funcionamiento de distintos CCDT. El Arquitecto contó que dicho trabajo se basa en varios pilares o fuentes de información: los relatos de sobrevivientes, las inspecciones en el propio lugar, los documentos oficiales y, en los casos como el Vesubio en donde la estructura fue demolida, la búsqueda arqueológica de evidencias.

En el caso concreto del Vesubio, el resultado de su trabajo vio en las pantallas de la sala de audiencia, el cual fue matizado por una certera exposición del testimoniante. Fotos, planos, croquis hechos por los sobrevivientes, la reconstrucción tridimensional de los espacios y la ubicación de las casas, formaron parte de la exposición.

Otra de las testigos-expertas citada la para audiencia era Antonella Di Bruno, quien no pudo asistir debido a problemas de salud.

Las audiencias continuarán la semana próxima, en donde se podrán escuchar los testimonios de aquellas personas que residen en el , a través del sistema de video-conferencia. El desarrollo de las mismas comenzará a partir de las 7.45 hs de la mañana, pero habrá un cambio de sala. La sala habilitada para ello es la conocida como “Sala AMIA”, que es aquella en la cual hoy se están llevando adelante los juicios ABO y ESMA. Los 3 días de audiencias serán lunes, martes y miércoles.

Audiencia 62 Alegato de la Querella de De Pedro

En la audiencia, las abogadas Elizabeth Gómez Alcorta y Valeria Thus, representantes de Eduardo De Pedro, una de las querellas, pidieron prisión perpetua e inhabilitación perpetua, en establecimiento del Servicio Penitenciario Federal, por el delito de genocidio, para los acusados Carlos Alberto Roque Tepedino -jefe del Batallón de Inteligencia 601-, Mario Alberto Gómez Arenas -segundo jefe de la Central de Reunión del Batallón de Inteligencia 601-, Enrique José Del Pino -capitán del Ejército Argentino- y Juan Carlos Avena -oficial (R) del Servicio Penitenciario Federal-.
De Pedro es querellante en la causa “Tepedino”. Allí se investiga el hecho que habría acontecido el 11 de octubre de 1978, cuando personal de la Central de Reunión del Batallón de Inteligencia 601, en apoyo del Primer Cuerpo de Ejército, habría ejecutado un procedimiento en el cual se habría producido el homicidio de Carlos Guillermo Fassano y Lucila Adela Révora De Pedro (embarazada de ocho meses al momento del hecho). En el domicilio se encontraba el querellante cuando era menor, quien habría sido sustraído por las fuerzas intervinientes y entregado a su familia recién el 13 de enero de 1979.
Los representantes de De Pedro solicitaron que en caso de que el tribunal estimare que no corresponde aplicar la figura del genocidio, pidieron se los condene por homicidio calificado por alevosía, y para Tepedino y Gómez Arenas se los condene también por sustracción de menor edad. Además requirieron que se disponga la baja en el Ejército y en el Servicio Penitenciario Federal, según corresponda, de los cuatro imputados. (Fuente CIJ)

Juana se puso la camiseta

En una particular audiencia declaró Juana Sapire, quien fuera pareja del cineasta y periodista desaparecido Raymundo Gleyzer. Juana ingresó a la sala de audiencia vistiendo la remera de “Juicio y Castigo”, que se pudo ver también entre el nutrido público que asistió a la audiencia.

Su relato comenzó con el día en que Raymundo fue secuestrado: el 27 de mayo de 1976. Contó que días antes, Gleyzer le había entregado a su hijo Diego y le dijo que no lo llame más a la casa porque “estaba muy peligrosa la cosa”.

Contó que fueron a la casa con sus cuñados y la encontraron toda revuelta y robaron todo menos las películas. “Porque resulta que además de asesinos y torturadores, eran bastante incultos e ignorantes. Pues el ladrón se robó el televisor, lo que sea, ahora la obra de Raymundo no la tocaron, por ignorancia”, remató Juana.

También contó que con la mamá y los hermanos del cineasta, fueron a la comisaría a denunciar lo ocurrido, pero le dijeron que no iban a ir porque no había personal disponible. Después de ello no se supo nada hasta que un sacerdote muy viejito, que lo quería salvar a Haroldo Conti, logró entrar al campo.

El eclesiástico le contó a Greta Gleyzer, hermana de Raymundo, que pudo ver a Conti, quien estaba tan destruido que no pudieron hacer nada, y que escuchó una voz de una persona encadenada a la pared que le dijo: “Padre, soy Raymundo Gelyzer. Dígale a mi familia que estoy bien”.

“Como se vive se muere. Si usted vivió como una basura, va a morir como una basura”, indicó Juana y a continuación leyó el escrito de su hijo, Diego, dirigido a los verdugos de su padre: “No están, pero siempre estarán. Trataron de silenciar a una generación de gente maravillosa y honorable, y les salieron hijos y nietas con más fuerza y lucha y vida. Ustedes quisieron controlar la muerte, la mente y el espíritu… y no pudieron. Quisieron matar la voluntad del pueblo, nunca lo podrán hacer. Intentaron tan duro y pegaron tan suave. Les doy todo mi odio, y que se ahoguen. Pero también les doy mi perdón. Me quitaron a mi padre y le quitaron a mis hijos su abuelo”. Al terminar con la lectura, la sala estalló en aplausos.

Luego, Juana continuó con el relato de lo que fue su vida sin Raymundo. “Lo secuestraron en mayo y me quedé con Dieguito en la calle. A veces iba a busca una muda de ropa a mi casa y veía a los Falcon estacionados en la puerta y no entraba. Así estuve un mes”, relató Sapire.

“Una vez que me senté en el avión con mi hijo, me sentí salvada”, contó Juana sobre su exilio en Perú donde vivieron “nueve meses de angustia total”.

“Pero acá estamos; y ahí están ustedes, en la cárcel”, les señaló la testigo a los imputados, al tiempo que otro aplauso nació desde el público. Sin embargo, Juana ignoraba que tres de los imputados se encuentran en libertad.

“La defensa no tiene nada que preguntar. ¿Y para qué sirven?”, disparó Juana y la polémica se desató. Los hechos posteriores son anecdóticos (abogados particulares que se sienten ofendidos, intimidados y amenazados; la petición de la seguridad pública y la réplica a media voz de los letrados: “Espero que Página/12 saque algo de esto, que un abogado no vidente fue amenazado”, “No Página/12 no va a sacar nada”).

Finalmente, las últimas palabras de Juana: “Compañero Raymundo Gleyzer: presente. Ahora y siempre, ahora y siempre, ahora y siempre”, y la sala explotó una vez más en aplausos.

Por su parte, una descompensación impidió que Roberto Gualdi contara su paso por el Vesubio, por lo cual se tendrá que reprogramar su testimonio.

Dos víctimas reconocieron a Martínez Ruiz como “pajarovich”

En la audiencia de hoy continuaron los testimonios de uruguayos que estuvieron en cautiverio.

Enrique Rodríguez Martínez y luego Raquel Nogueira reconocieron al imputado Honorio Martínez Ruiz como “pajarovich”, uno de los represores cuyo apodo ha sido mencionado por muchas de las personas detenidas en Orletti. Al ser reconocido, Martínez Ruiz se mostró nervioso y dirigió la palabra al testigo de manera directa y en tono irónico, por lo cual el Presidente del Tribunal le solicitó que se abstuviera de ese tipo de acciones.

Enrique Rodríguez Martínez, hijo de Enrique Rodríguez Larreta contó que fue detenido el 30 de junio de 1976 y que fue interrogado en varios lugares diferentes. Describió un primer edificio como “de oficinas”, “un lugar público”, y explicó que allí no fue violentado físicamente, sino que se le preguntó por su origen y militancia. Lo llevaron después a un lugar abierto, descampado, con árboles y una piscina o tanque australiano, fue encapuchado, torturado y detenido junto a otras quince o veinte personas. Luego de varios días fue trasladado nuevamente, esta vez a Orletti: “se me vistió, se me lavó y me dijeron ´ahora te vamos a dar con los especialistas en uruguayos´”.

El testigo siguió explicando que durante su cautiverio reconoció a Gavazzo y a Cordero, con quien tuvo contacto varias veces. Relató que durante uno de los interrogatorios, le hicieron escuchar una conversación que había tenido con su mujer dos o tres semanas antes de ser detenido, por lo que se dio cuenta que le habían intervenido el teléfono. También le preguntaban por el “dinero de la organización”.

Contó que en un momento le dijeron que se iba a “producir la llegada de una cantidad de conocidos” y lo llevaron a la planta baja, donde esa noche empezaron a llegar más personas detenidas, algunas de las cuales conocía, entre ellos su padre y su esposa, Raquel Nogueira. Rememoró que las personas que llevaban a cabo las detenciones utilizaban una ambulancia y algunos usaban ropa de médico o de enfermero.

Recordó: “la relación con nosotros era de conversación; pasaban, conversaban alguna cosa, el tono era la broma macabra, cínico (…) el ejemplo máximo fue el asesinato de Carlos Santucho, que mataron enfrente nuestro”. Sobre esta última situación siguió contando: “Nosotros éramos una especie de público pasivo de esa situación (…) estábamos medio en situación de animales (…) no éramos más seres humanos”

Entre los argentinos que actuaban en Orletti, además de “pajarovich”, el testigo recordó a “paqui, que era uno de los principales de la parte represiva” y a Aníbal Gordon. Los primeros dos se hicieron presentes en noviembre en el centro de detención en Boulevard Artigas, en Montevideo, junto al Mayor Rama, donde pudieron verles la cara. Además, Enrique contó que cuando estaban en la planta baja, tuvieron contacto con una persona que era el especialista en cuestiones tecnológicas, que decía que había trabajado en Centroamérica y que les dijo que Orletti estaba conectado directamente con la SIDE, y que trabajaban vinculados con Campo de Mayo.

Raquel Nogueira, por su parte, comenzó explicando que cuando su marido no arribó a casa el 30 de junio, le pidió a su padre que se llevara a su hijo de cinco años a Uruguay. Narró que su suegro fue a vivir con ella y comenzó a realizar todo tipo de gestiones para buscar a Enrique. Fue así que dos semanas después los secuestraron a ambos. Los llevaron en un camión o camioneta junto a Félix Díaz y Laura Anzalone. Contó que cuando llegaron la llevaron a una habitación en la que había un retrato de Hitler y un organigrama con muchos nombres de uruguayos en Argentina, en el que le pidieron que se identificara y, aunque ella vio su nombre, no lo hizo. Entonces sufrió su primera sesión de tortura. Horas más tarde la llevaron a la planta baja, donde se reencontró con su marido y con su suegro y luego pudo reconocer a otras personas conocidas.

Raquel relató: “Recuerdo momentos de mayor represión y momentos de relativa calma, gritos permanentemente, recuerdo la música, el discurso de Fidel, ese que dice hemos dicho basta y echado a andar, lo pasaban en los parlantes a un volumen bien alto…”, y agregó luego: “me puedo ubicar en esos trece días, pero no sé si pasaba media hora o si pasaban dos días”.

La testigo también explicó que el departamento en el que vivían en Buenos Aires, que era de su propiedad, nunca más fue recuperado. Años más tarde se enteró que mientras estaban exiliados en Suecia, alguien falsificó su firma y el inmueble fue vendido. Por este motivo, cree que aún hay un juicio en trámite.

En primer término había declarado Cecilia Irene Gayoso, quien recordó que luego de su detención la llevaron a un lugar que no ha podido reconocer, en el que pasó un día y medio durante el cual fue interrogada y torturada. Después fue trasladada a Orletti, donde la interrogó Manuel Cordero. La testigo relató las condiciones de detención y los tormentos sufridos por ella y sus compatriotas. Entre otros episodios, narró especialmente que la dejaron acompañar a Ana Quadros al baño e intentar asistirla, debido a las malas condiciones en las que se encontraba luego de una sesión de tortura.

Siguió explicando que entre los guardias uruguayos reconoció a Ernesto Soca (“drácula”) y a “boquinha” y relató que escuchó cuatro apodos de represores argentinos: “grumete”, “ratón”, “pajarovich” y “paqui” o “paquidermo”. Además, rememoró que en el centro de detención estuvieron presentes el mayor Gavazzo y Aníbal Gordon. Recordó: “siempre nos decían ´perejiles´, como que estábamos cobrando por otros”.

Durante la audiencia de hoy el tribunal también resolvió, por mayoría, no hacer lugar a un planteo de la defensa oficial relativo a los aplausos que se oyen en la sala al finalizar cada testimonio. Consideró “que los aplausos no resultan provocativos o amenazantes (…) no se advierte menoscabo del derecho de defensa en juicio”.

Por su parte, el Fiscal hizo saber que realizó formalmente la denuncia por el abuso sexual previamente denunciado por la testigo Carla Artes Company y que la causa ahora tramita en el Juzgado de Instrucción Nº31 con el Nº31.890.

Las audiencias continúan el 1 de septiembre a las 10 hs.

Se hablaba de masacre durante la sepultura

Por Marcos Salomón, desde Resistencia

El testigo Daniel Omar Aguirre, quien trabajó como sepulturero, brindó un dato revelador: mientras eran enterrados los cuerpos de los fusilados en la madrugada del 13 de diciembre de 1976, ya se hablaba de masacre. Aguirre no sólo ratificó los datos periodísticos como la sepultura en la Letra G sector 12, sino que además aportó el dato que bajó la persiana a la audiencia: “Me enteré ese día, porque cuando termino ya se hablaba de masacre”, afirmó. Obviamente, la pregunta sobre cómo se enteró de ese dato: “Es lo que hablaban los policías y la gente que estaba ahí” para visitar a sus muertos.

Otro testigo, Víctor de Lucía, de 76 años, ex director del cementerio “San Francisco Solano” (1982-1983), entregó un informe sobre las tumbas a Livio Lataza Lanteri, primer intendente electo con la reapertura democrática, pero no recordaba cosa alguna relacionada con la causa.
A Antonio Benítez, de 68 años, policía retirado que pasó por la Comisaría 2ª de Resistencia, en 1976, le causaron demasiados nervios para su presión arterial, simplemente para dos preguntas:
-“¿Sabía o conocía previamente los hechos que se investigan?”, preguntó el defensor Carlos Pujol.
-No escuché nada previamente. Me enteré después.
Sin que de para más, y pensando más en el homenaje a “Lucho” Díaz, el querellante Mario Bosch hizo la pregunta del millón: “¿Pero, usted sabe o vio algo?”, a lo que Benítez, obviamente, contestó: “No sé ni vi nada”.
En cambio, no pudo ser encontrado el domicilio de Raúl Di Bendetto, “preso común” o “preso social”, como se denominaba en la década del 70 a quien no era considerado un “subversivo” o preso político.

“O silencio o gritos”

Con una declaración conmovedora y contundente, Consuelo Eufemia Orellano relató el secuestro de su marido Enrique Néstor Ardeti en agosto de 1979. La testigo recordó las llamadas telefónicas que si marido hacía mientras estaba detenido en cautiverio. También evocó la complicidad de algunos sectores de la Iglesia y juzgados de la época; recordó la vez que Enrique fue a visitarlos, en enero de 1980. Vino acompañado de “Marcelo” – apodo de Ricardo Cavallo. “Me impacta verlo a Cavallo sentado acá. Me impacta mucho pero me alegro verlo sentado acá” dijo Consuelo. Luego exhibió un poema escrito por su marido en la ESMA, para el cumpleaños del detenido Victor Basterra, quien se lo alcanzó tras su liberación.

La testigo evocó también la desaparición del grupo Villaflor, cuyas fotos pudo reconocer en el legajo de Basterra.

Luego declaró Fernando Kron, detenido en Capuchita durante 243 días. Kron se refirió a las torturas que padeció, las condiciones de detención, y los compañeros de cautiverio. Mostró fotos de los objetos hechos por otros secuestrados que pudieron esconder y sacar de la ESMA con su esposa Silvia Wikinsky. A la pregunta de la fiscalía sobre “Que significaba estar encapuchado”, el testigo contestó: “Estar encapuchado significaba formar parte de un proceso inhumano donde no teníamos ninguna capacidad de decisión. Es lo que yo llamo “vida rara”…. una especie de limbo donde sobre nuestra vida solamente decidían otros. Los que quedaba era un mundo interno que ellos aspiraban a destruir también. Para la sociedad eramos desaparecidos, pero adentro qué éramos?”.

A otra pregunta de la fiscalía sobre lo que se escuchaba en Capuchita, el testigo contestó “Se escuchaba el silencio. Si en algún momento un grupo operativo llegaba, se escuchaban gritos de la tortura. O silencio o gritos.”

Por último el testigo sobreviviente Carlos Loza declaró sobre su cautiverio junto a otros tres compañeros (que ya declararon). El testigo relató su militancia gremial antes de su secuestro. También evocó el contexto político en que intervino la represión antes y durante el golpe de Estado. El testigo relató su cautiverio en la ESMA, las condiciones de detención, el trato que recibió y evocó a otros compañeros de cautiverio. Relató un asesinato ocurrido en Capucha, bajo los golpes de los guardias. Evocó, entre otros, la desaparición de Hernan Abriata, compañero de cautiverio.

Las audiencias siguen el 9 de septiembre a las 10hs.

“Soy responsable de lo que hice” dijo el imputado Antonio Pernías

La audiencia de hoy empezó con la declaración de Betina Ruth Erenhaus, secuestrada junto con su pareja Pablo Lepiscopo, en agosto de 1979. Betina fue torturada y permaneció detenida en la ESMA durante 36 horas. Su pareja permanece desaparecida. En su relato, Betina se refirió a otros amigos secuestrados en la misma época y pudo reconocerlos en las fotos de los detenidos sacadas de la ESMA por Victor Basterra. El padre de la testigo, de nacionalidad alemana, explicó como la embajada alemana había rechazada su pedido de ayuda en búsqueda de su hija, declarando que “un camión Mercedes Benz valía más que la vida de un terrorista”.

A continuación, el imputado Antonio Pernías amplió su indagatoria por tercera vez. Declaró “No lo hago para defenderme. Lo hago por la sangre esparcida, el respeto y la honra de todos los que murieron, civiles y militares… Tener la oportunidad de explayarme en acuerdo a mi consciencia y razonamiento. He sido protagonista en esta guerra y no busco ni busqué nunca eludir la responsabilidad. Me duelen los horrores y errores de la guerra. Escuche los testimonios… Odio la guerra. Vivir en paz es la mejor solución. No la busque pero fue inevitable y como militar debía afrontar”. Pernías recomendó algunas lecturas sobre el tema y dio cifras de la cantidad de publicaciones del lado de los militares, del lado de los terroristas y los autores neutros. Para Pernías fue una guerra, r insistió “Reafirmo lo que yo he actuado. Soy responsable de lo que hice”. Pernías agregó “todo estaba decidido en esta guerra. Ningún oficial tenía que tomar decisiones, sobre los traslados por ejemplo”.

El imputado reconoció la práctica de “interrogatorios reforzados”, práctica reglamentada según el imputado y que se sigue usando en algunos países hoy día. Por lo tanto Pernías comparó las condiciones de detención en “capucha” y las “cárceles del pueblo”. Sin embargo, el imputado insistió sobre el “profesionalismo del grupo de tarea 3.3.2” cuyo objetivo era obtener la información necesaria. Una vez conseguida la información, “ahí acababa” planteó el imputado.
A lo largo de su declaración, el imputado se refirió a varios crímenes cometidos por el grupo de tarea, tratando de justificar “los horrores y los errores de esta guerra” por la obediencia debida y la emoción que le causaba la cantidad de crímenes cometidos por “los jóvenes-idealistas-barra-terroristas- barra-guerrilleros”. El imputado prometió explicar la posición de Perón sobre “estos jóvenes imberbes” en su próxima declaración. Además dijo que en otra oportunidad aceptará de responder a algunas preguntas.

Mientras declaraba Pernías, el imputado Ricardo Cavallo estaba tomando notas como de costumbre en la audiencia. El imputado Acosta también vino a escuchar las declaraciones.
Las audiencias siguen mañana a las 10h.

“Nosotros somos como un pulpo y nuestros tentáculos llegan a todas partes”

Hoy declararon María del Carmen Martínez Addiego y Jorge González Cardozo, ambos llevados a Orletti en junio de 1976.

María del Carmen contó que ella y su compañero, Hugo Méndez, fueron detenidos la mañana del 15 de junio. Explicó que la despertaron ruidos, que se dio cuenta que había entrado un grupo en la casa donde vivían, en Villa Ballester, que estaban vestidos de civil y portaban armas, que dos personas entraron a su habitación, le dijeron “no te pongas histérica” y le pegaron un cachetazo. Pensó que venían por Hugo, pero que no lo iban a agarrar porque no estaba, ya se había ido a trabajar. Un uruguayo la interrogó, mientras los otros, cree que argentinos, entraban a todas las habitaciones en busca de objetos y armas. Contó también que, en un momento, encontraron documentos sobre el movimiento sindical uruguayo que Hugo había escondido. Siguió explicando que la metieron en un auto, le hicieron bajar la cabeza y la trasladaron, que sintió el ruido cuando cruzaban la Av. Gral. Paz hacia la capital y que comenzaron a hablar por radio poco antes de cruzar las vías. Recordó que en ese momento oyó la palabra “sésamo” y que luego se abrió una cortina metálica e ingresaron al lugar, la bajaron y la sentaron en un banco largo. Entonces también sintió que entraba un camión y que bajaban a otra persona, pudo reconocerlo como Hugo, de quien se enteró luego que lo habían agarrado cuando iba a tomar el tren.

La testigo relató que los separaron y a ella la tiraron en una pieza en la que, poco tiempo después, hicieron ingresar a otra persona a la que, por lo que pudo escuchar, intentaban curarle el brazo. Rememoró: “En un momento se me cae la venda de los ojos y con mucho miedo de que me vieran, abrí los ojos”. Allí pudo ver a un hombre y, por sus características físicas, supuso que se trataba de Gerardo Gatti. Otro día escuchó que se hablaba de amputarle el brazo y, tiempo después, vio una foto de Gatti ya amputado. También explicó que, más tarde ese día, trajeron a otra persona, que se pudo dar cuenta que se trataba de una mujer y que, mientras todo esto sucedía, “no sabía nada de Hugo pero imaginaba que lo estaban interrogando”. Luego la llevaron a otra habitación que tenía colchonetas en el piso y, unas horas después, llevaron a Hugo que había sido torturado. El mismo día llevaron allí a Jorge González Cardozo y Elizabeth Pérez, a Julio Rodríguez Rodríguez y a una mujer embarazada.

María del Carmen explicó que esos primeros días siguieron así: “Hugo siendo interrogado y nosotros ahí (…) uno escuchaba gritos, escuchaba golpes y la radio muy potente”. Siguió recordando: “allí el paso del tiempo lo pautaban los timbres, los recreos (…) al final del día se ponía más violento.” La testigo también contó que, inicialmente, a ella no la interrogaron, pero cuando lo hicieron, se dio cuenta que quienes llevaban adelante el interrogatorio eran uruguayos, incluso le dijeron: “si vos llegás a ser liberada en algún momento, te tenés que olvidar de todo esto (…) porque ¿vos te das cuenta de dónde somos nosotros no?” En una segunda oportunidad, fue también torturada.

Recordó que el día 17 llegó Francisco Candia, un militante comunista que había estado preso en Uruguay, a quien cree que habían encontrado utilizando los datos de la agenda de Hugo. “Las torturas (…) esa semana se centraron en Hugo y en Candia”, “éramos todos como NN, estábamos ahí tirados (…) los que tenían identidad para ser interrogados eran ellos”.

María del Carmen explicó que había uruguayos y argentinos en Orletti. Entre los uruguayos pudo identificar a Campos Hermida. También supo por investigaciones posteriores que Gavazzo, Cordero, Gilberto Vázquez, José Arab, Ricardo Medina y Jorge Silveira operaron en Argentina. Refirió que, durante su cautiverio, un uruguayo le dijo: “Esto es un pulpo, vos te creés que no pasa nada… Nosotros somos como un pulpo y nuestros tentáculos llegan a todas partes.”

Uno de los últimos días, su compañero le contó que lo habían sacado varias veces a la calle para concurrir a las citas que tenía en la agenda. Pero Hugo había engañado a los represores en todas las ocasiones, alterando datos e impidiendo ir al lugar correcto, por eso le dijo a ella que creía que a él lo matarían y a ella la liberarían, lo que efectivamente sucedió. La testigo relató, entonces, que un día, cree que el 20 de junio, torturaron a Hugo sin siquiera interrogarlo y luego se lo llevaron en un camión que regresó pronto y sin él. A la mañana siguiente, se enteró a través de un guardia que habían matado a su compañero. El mismo día 21, Campos Hermida le dijo a ella, a Julio Rodríguez y a la mujer embarazada que los iban a liberar. Explicó que Julio aún está desaparecido, que no sabe nada de lo sucedido con la mujer, y que a ella la dejaron en Juan B. Justo y Bahía Blanca, no sin antes advertirle: “no te podés encontrar con nadie, tenés que volver al Uruguay y borrarte, vas a estar vigilada, no podés ponerte en contacto con nadie, no podés abrir la boca, nada.” Antes de subirla al auto le dijo “yo quiero que veas quién te libera” y le sacó la venda. Al poco tiempo de salir, se exilió en Europa, realizó diversas denuncias, fundamentalmente ante órganos de Naciones Unidas, pero no supo cuáles fueron las circunstancias de la muerte de Hugo hasta después del 2000, cuando pudo ser identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

A su turno, Jorge refirió las circunstancias de su detención. Explicó que en Uruguay estuvo detenido dos veces a comienzos de la década de 1970 y entonces cruzó a Argentina y fue aceptado como refugiado por el ACNUR, iniciándose gestiones para que ingresara a Europa. Entretanto, comenzó a trabajar vendiendo libros y se reencontró con un compañero de celda, Ramón Tarter, quien lo invitó a alojarse en su casa. Cuando asesinaron a Zelmar Michelini y a Gutiérrez Ruiz también fueron a buscarlo a él y no lo encontraron, pero entonces decidieron ir a la casa de Ramón que, según cree, estaba en Pacheco.

Sin embargo, no tuvo resultados. Contó que un grupo de aproximadamente diez personas se hizo presente y él fue detenido, esposado y trasladado en un vehículo cerrado que parecía una camioneta. En el camino comenzó a sufrir golpes y otros tormentos. Siguió relatando que llegaron a un lugar donde se abrió una cortina metálica, lo bajaron, continuaron golpeándolo y reconoció la voz del uruguayo Nino Gavazzo, que le dijo que “pertenecían a las fuerzas conjuntas”. Luego fue llevado a una sesión de tortura, donde le preguntaban por sus contactos con Cuba y con otros uruguayos.

Continuó contando que después lo trasladaron a una piecita en la planta alta junto a su señora, donde había otras personas que conoció allí: Hugo Méndez, María del Carmen Martínez, Julio Rodríguez y una mujer embarazada. Después llegó Candia y un tiempo más adelante, el hijo de Rodríguez Larreta. Explicó que desde esa habitación pudo escuchar una negociación para liberar a Gerardo Gatti a cambio de “unos palos verdes” y que en un momento hubo un gran revuelo porque habían detenido a Marta Bianchi. También refirió que cuando detuvieron a los Santucho, él fue llevado junto a ellos a un simulacro de fusilamiento fuera de Orletti.

Contó finalmente que su detención duró alrededor de 40 días, luego de lo cual fue trasladado a Uruguay. El testigo recordó quiénes lo interrogaban: “puedo comprobar que había uruguayos… después esto sigue en Uruguay y entonces converso, ya a cara descubierta (…) entonces sabía quiénes eran, porque en esa época estaban muy tranquilos…”. Se refirió a Gavazzo y Cordero. También rememoró algunos apodos utilizados por los represores: “el paqui” o “paquidermo”, “el jovato” o “el viejo”, “pajarovich”.

Ejecutados de un disparo en la nunca, a quemarropa

por Gonzalo Torres y Marcos Salomón, desde Resistencia

Así murieron dos de las víctimas del fusilamiento ocurrido el 13 de diciembre de 1976. Es lo que declaró Miguel Nievas, perito del EAAF.
En la audiencia del 26 de agosto, declararon siete testigos, uno por la querella y los restantes por la defensa.
El protagonismo lo tuvo el trabajo realizado por el Equipo Argentino de Antropología Forense desde el año 2005 a la fecha para la identificación de los cuerpos NN de militantes asesinados en la Masacre de Margarita Belén.
Primero, un enfermero convocado al Regimiento de La Liguria a realizar pericias forenses a un grupo de cuerpos de asesinados y un suboficial encargado de reparar el camión acribillado el 13 de diciembre declararon que no vieron, ni oyeron, ni preguntaron, ni quisieron saber nada.
Después cuatro peritos de la defensa deslizaron tímidamente sus críticas al trabajo del EEAF. En el final, el licenciado en criminalística Miguel Nieva, del Equipo, realizó una exposición contundente y sin fisuras, y explicó las etapas del trabajo de investigación, exhumación y análisis de los restos óseos perteneciente a cinco asesinados en la Masacre de Margarita Belén. Ellos son: Carlos Zamudio, Emma Cabral, Luis Díaz, Alcides Bosch y Carlos Duarte. El primero presentaba “una fractura de fémur izquierdo al momento de la muerte” y los dos últimos “orificios de bala en el cráneo, con una trayectoria desde atrás hacia adelante y de arriba hacia abajo”.

Audiencia 61.

El tribunal resolvió no hacer lugar al planteo de la Defensora Pública Oficial en relación a la falta de acción de algunas querellas; rechazó el planteo de oposición a la incorporación de la prueba por lectura de la Defensora Pública Oficial; y no hizo lugar a la ampliación de la acusación planteada por la querella Justicia Ya.
Se confirmó el cronograma de Alegatos.