“Era parecido al infierno de Dante”

Hoy declararon Laura Anzalone y José Félix Díaz, quienes fueron secuestrados la noche del 13 de julio de 1976 y permanecieron en cautiverio en Orletti y en distintos locales de Uruguay. Al momento del secuestro estaban con su sobrino, Ernesto, de casi dos años; el grupo de militares argentinos y uruguayos que irrumpió en su domicilio se los quitó, diciéndoles que lo iban a entregar a su familia. En realidad, Ernesto fue entregado a una comisaría y luego a un hospital de la zona, y la madre de Laura tuvo que hacer numerosas gestiones para poder recuperarlo.

Camino a Orletti, tanto Laura como Félix recordaron que sus secuestradores se comunicaron por radio y que escucharon el ruido de una cortina metálica cuando arribaron. Luego Laura explicó que estuvieron tirados en el piso de una sala grande donde había otros autos y rememoró que varias veces los encendían, intentando tapar los gritos cuando torturaban a alguien. Félix dijo que con el mismo fin ponían música a volumen muy alto. Cuando llevaron a Laura al primer piso, uno de los militares uruguayos se identificó como Manuel Cordero, le dijo que “no le importaba porque no tenía información” y la golpeó. Félix también contó que cuando lo llevaron arriba para ser torturado le dijeron que lo iban a “mandar con San Pedro” y refirió que Orletti en general “era parecido al infierno de Dante, era presión permanente, amenazas continuas”. Entre los represores argentinos, Laura recordó los sobrenombres “jovato”, “pájaro” y “zapato”.

Una vez en Uruguay, estuvieron detenidos en una casa en Punta Gorda y luego en la sede del SID, en Boulevard Artigas y Palmar, donde permanecieron hasta diciembre del mismo año. Allí, Laura vio a una mujer embarazada que luego supo que era María Claudia Irureta Goyena, quien dio a luz mientras estaba en cautiverio. También vio niños que luego reconoció como Anatole y Victoria Julien.

“Hace 34 años que espero este momento”

Hoy declararon Juan Gelman y Marisa Segal.

Juan describió la larga investigación llevada a cabo junto a su segunda esposa, Mara La Madrid, para encontrar a su nuera, María Claudia Irureta Goyena, y al niño o niña que había dado a luz en cautiverio. El 24 de agosto de 1976 María Claudia fue secuestrada junto a Marcelo Gelman, Nora Eva Gelman –hija también de Juan- y su novio, de nacionalidad boliviana. A partir de allí, la familia presentó varios hábeas corpus y Juan realizó diversas gestiones en el exterior, contactándose con gobiernos y políticos europeos y pidiéndoles su intervención.

La investigación lo llevó a establecer que su hijo y su nuera fueron secuestrados y asesinados, él en Argentina, ella en Uruguay, todo como parte del Plan Cóndor. Nora y su novio fueron liberados pocos días después del secuestro. A partir de 1997, Juan y Mara intensificaron la búsqueda de su nieta, consultando los archivos de la CONADEP y del CELS, entre otros, y contactándose con varios sobrevivientes, entre ellos, Adriana Calvo, Sara Méndez y Alvaro Nores. Esto les permitió comprobar que María Claudia había pasado por Orletti y por la sede del SID en Montevideo.

Además, Juan explicó que, a través de un colega periodista, pudo acceder a fragmentos de un sumario militar de 1977 en el que se investigaba un secuestro extorsivo llevado a cabo por el grupo que comandaba Aníbal Gordon. Las declaraciones allí contenidas (de Nieto Moreno, Cabanillas, Ruffo, Martínez Ruiz, entre otros) lo llevaron a establecer el organigrama y la cadena de mando de Orletti, tanto de los grupos orgánicos como de los inorgánicos. Explicó que surge que por orden de Otto Paladino se constituyó la OT-18, dependiente del departamento de operaciones tácticas 1, también que el personal llamado inorgánico era dirigido por Gordon y que la cadena de mando militar incluía a personal de la SIDE, entre ellos Ruffo y Juan Rodríguez. La OT-18 dependía primero de Guillamondegui y luego de Calmon y Cabanillas quienes, a su vez, estaban bajo las órdenes de Visuara, jefe del Departamento de Operaciones Tácticas. También surge que la OT-18 funcionó en la calle Bacacay y luego en la calle Venancio Flores, es decir, se trataba del centro clandestino de detención y tortura hoy conocido como Automotores Orletti.

En 1999, en este punto de su investigación, Juan escribió una carta abierta, publicada en Página 12, dirigida al general Balza y señalando que tenía bajo su mando inmediato al responsable mediato de la desaparición de su hijo, de su nuera, y del robo de su nieto o nieta. Esto provocó una respuesta del entonces general de división Cabanillas, quien manifestó en una entrevista que negaba estar involucrado en el caso y que los “grupos operativos” tomaban declaración a las personas que detenían y luego la ponían a disposición de la justicia. Juan explicó que finalmente, Cabanillas fue retirado del ejército por haber repartido libros que reivindicaban la dictadura.

Juan también relató que un gestor del Ministerio de Justicia, de nombre Carlos, le dijo que quería ayudarlo en su investigación y que tenía contacto con Ruffo, a quien podía preguntarle al respecto. Así pudieron confirmar lo que su investigación ya estaba arrojando: que una mujer embarazada había dado a luz durante su cautiverio en el SID y que María Claudia había sido vista en Orletti y en el SID.

Finalmente, en noviembre de 1999, una pareja de vecinos de quienes criaban a su nieta, se contactó con Juan y le comentó sobre la aparición de la bebé en el barrio. Monseñor Galimberti actuó entonces como intermediario y posibilitó el encuentro de Juan con su nieta, Macarena Gelman.

Al concluir su declaración, Juan se refirió al juicio, expresando “hace 34 años que espero este momento”.

Por su parte, Marisa Segal declaró con respecto al secuestro y desaparición de su hermana, Carolina. Explicó que en la madrugada del 19 de agosto sufrieron un allanamiento en su casa, donde vivía junto a sus padres y a su hermano menor. Marisa contó que el grupo traía a un muchacho esposado, muy golpeado y con una venda en la cabeza, que lo pararon frente a ella y le preguntaron si era Carolina, lo que él negó con la cabeza. Luego los interrogaron reiteradamente con respecto a su hermana, quien ya no vivía allí. La persona que daba las órdenes dijo que se llevarían su hermano para buscarla, entonces su padre pidió que no lo hicieran y dijo que él iría. Unas horas después su padre regresó, trayendo al hijo de Carolina, José, de 4 meses de edad. La testigo también relató que al día siguiente una persona volvió a su casa para buscar una pequeña libreta de direcciones de Carolina.

Marisa refirió que ese día desaparecieron de su casa, en Villa Urquiza, Carolina y su marido, Néstor, y que desde entonces sus padres trataron por todas las vías de descubrir su paradero. Unos días después se enteraron de la desaparición de compañeros de Carolina del Colegio Nacional Buenos Aires, Marcelo Gelman y Guillermo Binstock.

Marisa también expresó que “la falta de claridad y transparencia en los hechos, la falta de saber, del beneficio de la justicia y del beneficio de la certeza nos carga hasta el día de hoy, la incapacidad de comprender la enormidad de lo que nos ocurrió personalmente y de lo que nos imaginamos que le pasó a mi hermana y a los compañeros (…) es algo que nos preguntamos toda una generación intermedia, que tuvimos que vivir los años del proceso, como militantes, como estudiantes”, “perdí mi país, me separé de mi país, y hasta el día de hoy mantengo una relación ambivalente con Argentina”.

Problemas con los testigos

En la audiencia del jueves 28 de octubre por Secretaría se informó que por cuarta vez fracasó la citación del piloto Ezequiel Martínez, que piloteó el helicóptero en el que Facundo Serrano, ex gobernador de la dictadura, sobrevoló la zona donde se produjo la Masacre de Margarita Belén.
Por expreso pedido de la defensa, el TOF se constituirá en el domicilio porteño del militar Oscar Zucconi, ex ministro de Gobierno de Serrano, cuando se le tomará declaración indagatoria a pesar de los certificados médicos que lo podrían excusar de prestar testimonial.
La jueza Yunes también informó que el próximo jueves se hará la inspección ocular al lugar donde se habría producido la Masacre, en ruta 11, cerca de Margarita Belén (en inmediaciones a donde está el Monumento).
Finalmente, pudo declarar el arquitecto Miguel López, quien estuvo detenido en un calabozo de la alcaidía policial, donde pudo percibir el ingreso de unos diez presos políticos.

“Mi obsesión era que me maten, no quiero que me torturen, no quiero estar acá”

Hoy declaró Judith Jacubovich, secuestrada a fines de agosto de 1976 y mantenida en cautiverio en Automotores Orletti durante 24 horas. Por primera vez después de 34 años Judith pudo relatar su historia ante un tribunal.

Comenzó explicando que cuando estudiaba en el Magisterio “Estados Unidos”, en el Partido de San Martín, una mañana vio entrar a un grupo de militares. Como tenía compañeros de militancia del Colegio Nacional Buenos Aires que estaban desaparecidos, se dio cuenta lo que estaba sucediendo y se fue de allí. La misma tarde, mientras trabajaba en un negocio de ropa, un grupo de personas la agarró y la metió a un coche. Entonces se dirigieron a una casa, la allanaron y secuestraron a otra persona. Judith explicó que no podía ver, pero cree que a esa persona la llevaron en otro automóvil que iba detrás.

Una vez en el centro de detención, la metieron en una habitación, con los ojos vendados. Allí se encontró con Guillermo Binstock, quien le dijo que se podía sacar la venda y con quien pudo hablar. Judith recordó: “yo, como él, estaba aterrorizada (…) yo misma me volví a poner la venda, tenía pánico de que llegaran y me vieran sin la venda”. También había en la habitación una pareja que estaba en muy mal estado, abrazados, Guillermo le dijo que los habían reventado. Más tarde hicieron entrar a otro muchacho, estaba en “un estado deplorable y quedó contra la pared, tirado en un rincón”.

Judith siguió relatando que en un momento la sacaron para interrogarla, la desnudaron y la torturaron mientras le hacían preguntas sobre gente que conociera de la militancia. Rememoró que: “había hombres, me daba la sensación que era una sala grande y (…) hacían bromas, gritaban entre ellos mientras me torturaban y me preguntaban”. Fue llevada después a una oficina y le sacaron la venda, y una persona le decía que marcara en el mapa dónde vivía su novio. Finalmente la llevaron nuevamente a la habitación donde había estado y ahí pasó la noche: “intentaba dormir para no pensar”, “mi obsesión era que me maten, no quiero que me torturen, no quiero estar acá”. Más tarde, Guillermo y Judith fueron llevados al garage. A Guillermo le dijeron que lo iban a matar y a Judith que la liberarían. La trasladaron en un auto y la dejaron bajar en algún lugar del oeste de la provincia de Buenos Aires, diciéndole que no mirara atrás. Durante el tiempo que estuvo detenida, a Judith no le dieron comida o bebida y tampoco pudo ir al baño.

Judith también refirió que al poco tiempo las casas de sus familias fueron allanadas nuevamente y que ella se exilió en España junto a su novio, Daniel Schiavi. Luego de 24 años sin saber adónde había estado, la primera vez que volvió a Buenos Aires, describió su historia y pudo enterarse que había estado en Orletti.

Se hace lugar a la declaración del cardinal Bergoglio

Yvonne Pierron se presentó como “misionera francesa en Argentina, de una congregación: el Instituto de las Misiones Extranjeras”. Yvonne trabajaba con Alice Domon alias “Cathie” en Perugoría. También conocía a Leonie Duquet, quien trabajaba en Morón.

Cuando el Dr. Mendez Carrera le pidió que identificara a las monjas francesas en una foto sacada adentro de la ESMA, la testigo exclamó “Oh la la. Eran Cathie y Leonie, las dos hermanas nuestras. Pero si se ve que fueron torturadas”.

La testigo explicó su compromiso y el de las otras hermanas para los derechos de todos y, en particular, de los que menos tienen. Antes de terminar, explicó “tanto Cathie como Leonie nunca tuvieron nada que ver con ningún movimiento que existía. Para nosotras como religiosas misioneras, es esta nuestra vocación. Ser uno más del pueblo. Y estar atento a la necesidad de uno. De preferencia, los más humildes y pobres. Los más explotados en algunas provincias. No podemos negar que hay explotación de personas por personas. Eso no lo podemos negar. El desgraciado existe. Seguimos luchando para el bien del pueblo, no?”

A continuación declaró Eva Yuhtman, madre de Ariel y Luis Daniel, ambos desaparecidos secuestrados en la ESMA. Eva relató ante el tribunal las circunstancias de la desaparición de sus dos hijos. Los hermanos Aisemberg llamaron a casa de sus padres diciendo que estaban detenidos pero que estaban bien. Luego del 28 de marzo de 1977, no volvieron a llamar.

Además declaró Adela Beatriz Mordasini sobre su secuestro y cautiverio en la ESMA y en el Atlético. Adela fue secuestrada junto con su novio de la época, Carlos Figueredo. Ella no tenía militancia política. Él había tenido militancia política en el secundario en Uruguay. Además de explicar con detalles las condiciones de detención en la ESMA, la testigo contestó a la pregunta de la fiscalía sobre si llevaban grilletes y esposas: “Todo el tiempo. Aún para ducharnos. Tuve que aprender como sacarme la ropa interior con grilletes puestos”.

Por último declaró Edgardo Schapira sobre la desaparición de su hermano, Daniel Schapira, y su cautiverio en la ESMA según lo que pudo leer en los libros publicados que lo mencionaron. Se refirió a su secuestro y el de su esposa Andre Yankilevich.

El tribunal hizo lugar a la declaración del Cardinal Bergoglio el 8 de noviembre de 2010 en su residencia, con la presencia de todas las partes.

Las audiencias siguen el 4 de noviembre a las 10hs.

“Él guardó silencio para proteger mi estabilidad emocional, para proteger mi infancia”

En la audiencia de hoy, Victoria Larrabeiti Yáñez testimonió con respecto al secuestro y desaparición de su madre, Victoria Grisonas, y sobre el asesinato de su padre, Roger Julien. En ese entonces ella tenía un año y medio, mientras que su hermano, Anatole, tenía cuatro.

Victoria relató que hace unos años tuvo un encuentro con Francisco, un vecino de la zona donde vivían sus padres, que los conocía de aquella época. Él le contó cómo eran sus padres y relató que presenció, en septiembre de 1976, un operativo de gran magnitud en el domicilio de sus padres. Le explicó también que vio cómo golpeaban y apuntaban armas a su madre, a plena vista, hasta que alguien avisó que su padre había muerto y que la necesitaban viva. Además, le refirió que vio que a ella y a su hermano los llevaron a una estación de servicio cercana y que él se acercó porque quería hacerse cargo de ellos hasta que sus familiares los fueran a buscar, pero no se lo permitieron y le dijeron “que ellos se iban a hacer cargo”.

Victoria también explicó que tanto ellos como su madre fueron llevados a Orletti y luego trasladados a Uruguay, donde siguieron en cautiverio en la sede del SID, en Boulevard Artigas. Luego de ser transportada en el “segundo vuelo”, su madre habría sido fusilada. La testigo relató que finalmente los llevaron a Chile, señalando que “en ningún momento se nos piensa devolver a la familia que quedó (…) la cosa era separarnos definitivamente de cualquier contacto con la familia de origen (…) ya sea para lucrar a través de nosotros o para deshacerse de los que después pudieran ser prueba”. En Chile, una persona que Anatole recordaba como la “tía Mónica” los abandonó en la plaza O´Higgins, donde fueron encontrados por las autoridades chilenas y llevados a un orfanato. Luego de un tiempo, el matrimonio Larrabeiti Yáñez decidió asumir la adopción de los dos niños.

Victoria siguió relatando que, en 1979, la búsqueda y denuncias que su abuela paterna, Angélica Julien, había realizado en muchos países sudamericanos, finalmente dio resultados. Por la trascendencia mediática que había tenido la aparición de ambos niños en la plaza, una persona que vio fotos de ellos se contactó una organización de derechos humanos y su abuela los encontró. Se contactó con los Larrabeiti Yáñez y, poco a poco, empezaron a retomar el contacto: “hubo voluntad de ambas partes de que nos quedáramos con mis padres adoptivos y visitáramos a nuestros abuelos y tíos todos los años”.

Victoria también contó las consecuencias psicológicas padecidas en su infancia, adolescencia y hasta el día de hoy, por todo lo vivido junto a Anatole, destacando que durante mucho tiempo “él guardó silencio para proteger mi estabilidad emocional, para proteger mi infancia (…) un niño de 4 años con la capacidad emocional para seguir protegiendo a su hermanita”. Recordó que unos años más tarde, cuando viajó por primera vez a visitar a su familia a Uruguay, “fue un golpe bastante fuerte (..) me entero de lo que son torturas, privación de libertad, actos aberrantes (…) ahí se genera un antes y un después en mi crecimiento psicológico y emocional.”

“Recuerdo a mi abuela llorar sola y yo hacía lo mismo para no ponerla más triste”

María Inés Sánchez es hija de Silvia Corazza de Sánchez, detenida desaparecida del Vesubio. María Inés es antropóloga y comenzó su relato contando quien era su mamá y la historia de su familia. Silvia fue secuestrada el 19 de mayo de 1977, cuando María Inés tenía menos de dos años de edad.

La familia no supo nada de su mamá hasta el mes de noviembre de 1977, cuando llegaron dos cartas a la casa de sus abuelos. Allí Silvia contaba de su embarazo y les decía a los suyos que no podía decir donde estaba y que iba a dar a luz a fines de ese año. Su mamá dio a luz a su hermana el 29 de diciembre de 1977, en la maternidad clandestina de Campo de Mayo y el 3 de enero de 1978 fue llevada a la casa de sus abuelos con su niña recién nacida. Allí estuvo 45 minutos, les dejó la beba a los abuelos y “me entregó una muñeca y un trompo”, indicó María Inés y los sentimientos se hicieron carne. Estaba emocionada: tomó agua, los ojos se le llenaron de lágrimas e intentó seguir pero su voz se quebró: “y me dijo que iba a volver”. Otra vez, como en cada oportunidad que un hijo llora a sus padres, el silencio se pudo tocar. En aquel último encuentro Silvia dejó varias cartas que mostraban que “sabía que no iba a salir”, según entendió tiempo después su familia.

Los represores les dijeron a sus abuelos que si entregaban al papá de las nenas, ellos liberarían a Silvia. La persecución llevó a su padre al exilio y María Inés contó que sólo pudo verlo dos veces durante esa etapa, hasta que regresó al país, entrada ya la democracia. También recordó la incasable búsqueda de sus abuelos y lo que definió como “mis años como hija”: “mis abuelos nunca se rendían, íbamos los cuatro en el auto; las idas eran esperanzadas, las vueltas de una angustia muy profunda, de silencio. Recuerdo a mi abuela llorar sola y yo hacía lo mismo para no ponerla más triste.” La última referencia que se tiene de su mamá en el Vesubio es del 14 de septiembre de 1978.

Por último, María Inés reflexionó sobre el proceso de enjuiciamiento y señaló que “por más argumentos que quieran imponer, realmente no hay palabras para expresar las atrocidades que han cometido, y deben pagar por eso”. Luego, les mostró a los jueces las cartas que su madre había escrito en cautiverio. Los jueces atónitos leyeron los originales de aquellas cartas y les fue imposible mostrarse inmutables ante ellas.

Cuando María Inés terminó su testimonio se fundió con su hermana y su papá en un emotivo abrazo. A diferencia de lo que ocurre en otros tribunales, los presentes pudieron expresarse con un caluroso aplauso. Era tiempo de que otro hijo, Emilio Guagnini, hablara.

Emilio Guagnini es hijo de Diego Guagnini y María Valoy, ambos desaparecidos al igual que su tío Luis Guagnini. Emilio es abogado y su mamá estuvo secuestrada en el CCDT Atlético, donde fue torturada para que dijera cómo encontrar al papá de su hijo. El 30 de mayo de 1977, Diego estaba con Emilio en brazos (tenía 18 meses) y concurrió a una parada de colectivos en la bajada del puente Uriburu, del lado de Capital Federal, en el barrio de Nueva Pompeya. Allí un grupo de tareas lo estaba esperando. A Diego se le abalanzaron unos cuantos hombres y él hizo a un lado a su hijo, pero ambos fueron conducidos al lugar de detención María. “Fue muy duro cuando me contaron que los torturaron juntos”, indicó Emilio. Luego su padre fue trasladado al Vesubio, previo paso por Coordinación Federal, según pudo reconstruir Emilio a partir del relato de un sobreviviente y compañero de cautiverio.

Emilio fue entregado días después a un tío abuelo materno, de ocupación militar, quien a su vez lo entregó a su familia materna. “Terminé viviendo en Tucumán”, dijo Emilio y contó que su tío abuelo le dijo en una oportunidad que quien lo llevó hasta su casa era uno de los integrantes de la patota que secuestraron a sus padres. Sin embargo, esa versión fue cambiada cuando su tío abuelo fue citado por el tribunal que juzga los crímenes cometidos en el circuito represivo conocido como ABO y debió declarar sobre ello. Emilio pidió que se cite a declarar a su tío abuelo para que cuente aquellas circunstancias en que lo recibió y el tribunal lo aceptó.

Finalmente, sus últimas palabras marcaron dos cuestiones. En primer lugar, la ausencia de los imputados: “veo que ninguno de los represores, de los genocidas que fueron responsables de lo que le pasó a mi familia y a tanta gente están hoy acá sentados”, pero en su ausencia exhortó a sus defensores a que le trasmitan que “así como tuvieron el coraje y la valentía cuando tenían las armas y eran dueños del terrorismo de Estado y se llevaron indefensa a mi familia, que hoy tengan la valentía de decir en donde están los cuerpos de todos los desaparecidos”. En segundo lugar, las palabras fueron dirigidas al tribunal, señalando que “hoy, en tiempos donde se escucha a mucha gente que pide pena de muerte o penas más duras, hasta por delitos que cometen ladrones de gallinas, mi familia, que está hoy acá, y yo, junto a los familiares de los desaparecidos no queremos ni pena de muerte ni penas más duras, queremos simplemente que se aplique la ley que hoy está vigente”.

Las audiencias continuarán el lunes 1 de noviembre cuando Cecilia Vázquez y Rubén Darío Martinez den sus testimonios.