Testimonios de las defensas

En la jornada de hoy se escuchó a los testigos propuestos por las defensas. El primero en hablar fue Francisco Girona, quien perteneció a la Policía Federal y que para el año 1976 prestaba funciones en la división de personal y administración. Conoció a Pedro Godoy porque, según él, trabajaban en el mismo edificio, aunque no recuerda qué funciones prestaba y en dónde. Supo que Godoy sufrió un accidente pero no puede decir en qué circunstancias.

El segundo testigo, Serapio Orduña, también pertenecía a la Policía Federal. Entre 1976 y 1979 prestó servicio en la superintendencia de seguridad policial y era jefe de la división de personal. Conocía a Pedro Godoy por nombre, pero no lo vio. Lo recuerda porque pedía muchas licencias.

A continuación dio su declaración Walter Vega, quien intervino en la detención de Godoy. “Pertenezco a la sección de fugitivos. Me fue ordenado efectuar su detención. Se obtuvo información de él y su familia. También del domicilio de su esposa (…) El día 17 de marzo de 2009 se vio a una señora a bordo de un Ford Fiesta y se la siguió. Luego de 10 cuadras, vimos que subía un señor de las características de Godoy. Ahí se lo detuvo”, contó el testigo.

Feliciano Juan Mary fue el cuarto testigo propuesto por la defensa. Era médico general y trabajaba en la dependencia de coordinación federal. Firmó el acta de incapacidad de Pedro Godoy, según recuerda, porque había padecido de una fractura. Supone que el “afectado” no podía realizar las actividades que normalmente hacía y que podía o no renguear, ya que cada caso es diferente. Luego intervino la testigo Martha Echavarria, médica especialista en gastroenterología. Trabajaba en la Superintendencia de Seguridad General y recuerda haber atendido a Godoy.

El debate continuó con el testimonio de Silvia Cáceres Guido, quien trabajaba en la división de instrucción de la policía federal. Hizo un curso con Pedro Godoy, aunque no recuerda la fecha. Los cursos podían ser de sociología, psicología, historia de las ideas políticas, derecho, etc.

A continuación se escuchó la declaración Patricia Bernardi, antropóloga del Equipo Argentino de Antropología Forense. Bernardi, que fue propuesta por la fiscalía y las querellas, habló sobre el trabajo de identificación del equipo y de los tres mecanismos de muerte empleados por la represión –inhumación, vuelos y cremaciones-.

Finalmente declaró, también citada por la fiscalía y las querellas, Mercedes Salado Puerto, quien intervino en el hallazgo de los cuerpos que aparecieron en la costa. “Se encontró un patrón de lesiones muy distinto a los otros. Se trataba de lesiones masivas, que tenían una línea de producción típica de la caída de altura. Son lesiones que no estaban dadas por proyectil y que nos indicaban una caída vertiginosa”, dijo. Luego de los reconocimientos que se realizaron a partir de 2006 se pudo establecer que pertenecían a personas que habían estado detenidas en distintos centros clandestinos, algunos en el Olimpo.

Cinco relatos

La fiscalía inició la jornada de hoy con el desistimiento de dos testigos: Hebe Cáceres y Silvia Tolchinsky. A continuación se escuchó al primer testigo. Isabel Fernández Blanco, quien fue secuestrada en julio de 1978 y permaneció detenida bajo tormentos en Banco y Olimpo. Esos hechos, como bien señaló el ministerio público, fueron acreditados en el juicio anterior.

Isabel aseguró en esta oportunidad recordar muy bien a dos represores conocidos como Calculín y Cacho. Al primero de ellos, dijo, lo vio en la sala de torturas. “Era uno de los que me interrogaban”, señaló. Tiempo después, durante las investigaciones en las que participó –en la CONADEP y luego en la secretaría de derechos humanos- dio con el nombre de Pedro Godoy.

“Cuando ingresé a la secretaría, Lila Pastoriza me pregunta si conocí a un tal Pedro Godoy, le dije que sí, que era Calculín. Y ella me cuenta que lo conoció cuando este se infiltró como militante de la Fede”, recordó Isabel.

La primera vez que lo vio en la sala de torturas, la testigo narró lo siguiente: “Yo estaba acostada en el camastro de hierro y en medio de la tortura se me corre la venda. A mi derecha, muy cercano, estaba la cara de Calculín. Estaba Cacho, Soler. Pero a Calculín lo tenía muy cerca –dice la testigo y luego lo describe-. Tenía anteojos muy grandes y el cabello entrecano, claro. Estaba muy pegado a mí”.

A partir de ese momento escuchó su voz tanto en el Banco como en Olimpo. El comentario general era que todos lo conocían. “Los que habíamos pasado por la sala de tortura lo conocíamos, al igual que al Turco Julián”, dijo Isabel.

Sobre Cacho, la testigo afirmó que lo vio participar en el operativo de su secuestro. Días después la llevó a la casa de sus padres para entregarles a su hijo pequeño. “Cuando abrió la puerta, mi mamá, acostumbrada a tener hijos, esposo y hermanos militantes, me preguntó dónde estaba para llevarme comida y frazadas –cuenta Isabel-. Ante la pregunta Cacho respondió ‘No se preocupe. A su hija la tiene el ejército argentino y le vamos a dar todo’”.

Cacho tuvo una presencia constante durante el cautiverio de Isabel y también durante los años que siguieron a su liberación, cuando ella y su compañero Enrique Carlos Ghezan, que ya vivían en un lugar cercano a Tandil, tenían que presentarse esporádicamente en Buenos Aires.

“En una de las oportunidades, sería por ahí en octubre de 1980, Cacho nos llama por teléfono a la casa. Me dice ‘Estamos por ir a Tandil, así que preparen el asado que vamos a comer allá –recuerda Isabel-. Pasado un tiempo apareció Pereyra y Montoya. Cacho no. Venían con dos niños, uno de unos cuatro años y otro de un año y medio. Nos dijeron que sus padres se habían tomado la pastilla, que llevaban tiempo buscando a la familia, y que pensaban que lo mejor era que vivieran en el campo. Nos dejaron a los chicos. Y a los dos meses se los llevaron de vuelta”.

Isabel y Enrique se quedaron preocupados por la suerte de los chicos. Así que llamaron a un teléfono que les habían dejado la vez que los trajeron. El que contestó fue Cacho, quien les aseguró que no tenían qué preocuparse y que de paso estaría bien que se encontraran en Buenos Aires. Los citaron en La Catedral, un café de Córdoba y Riobamba. Ahí estaba él y otro represor del GT2 llamado Eduardo.

Volviendo al cautiverio, la testigo recordó a algunos compañeros que estuvieron secuestrados. Detalló la muerte de Mario Romero debido a las heridas que le causó la tortura. Luego habló sobre el traslado del 6 de diciembre de 1978 y de 25 de diciembre. Recordó a los compañeros Tito Zaldarriaga y Ramiro Isidoro Peña, que se despidieron de los que quedaban porque algo intuían que iba a pasar.

A continuación inició su testimonio Enrique Carlos Ghezan, quien también reconoció a los dos imputados. “Calculín era el segundo de inteligencia del GT1. Él mismo me lo manifestó. Tuve muchas charlas con él de tipo político. Era alguien con un nivel de compromiso ideológico fuerte”, dijo Enrique.

Cacho, recuerda el testigo, pertenecía al GT2 del cual él dependía. No estaba permanentemente en el campo. Lo interrogó en muchas oportunidades. Participó en secuestros y torturas, al menos durante e tiempo en que Enrique estuvo en Olimpo. El testigo relató también el episodio de la visita de los represores a su casa en Tandil, la entrega de los dos niños, y el encuentro con Cacho en una confitería de Buenos Aires.

Pero agrega más datos: “Lo vi rengueando. Le pregunto qué sucedió y me cuenta que estuvo en un operativo en la zona de Munro, donde fue abatido Horacio Mendizabal. Que en ese tiroteo fue herido en una pierna, pero muy levemente. Incluso afirma que él fue quien mató a Mendizabal”.

Enrique hizo una breve descripción de la posición que tendrían Cacho y Calculín en el GT2 y GT1 respectivamente. Luego nombró a los demás represores que, según lo que pudo ver, integrarían esos grupos. Recordó el traslado del 6 y del 25 de diciembre de 1978, cuando de los 350 detenidos que aproximadamente había en Olimpo sólo quedaron unos pocos.

Graciela Trotta fue la tercera testigo de la jornada. Reconoció a Cacho como una de las personas que estaban en el auto que la llevó de su casa al Banco. Luego, el 25 de enero de 1979, ya estando en Olimpo, Cacho la llamó junto con otras personas y le dijo que pasaban al sector de incomunicados. “Yo estaba embarazada. En ese momento pensé que nos iban a matar –recuerda-. Rompí bolsa, me descompuse. Me ensucié mucho. Cacho me llamó a parte y me dijo ‘Ya vas a ver lo que te va a pasar a vos’. Y me puso en una mesa de torturas donde tuve mi trabajo de parto hasta la media noche”.

A Calculín vio durante el tiempo en que estuvo en la enfermería. En el Olimpo. “Era un hombre muy feo, petiso, que arrastraba una pierna. Tenía anteojos. Parecía dibujito animado. Tenía fama de torturador”, dijo Graciela.

La cuarta testigo, Elsa Ramona Lombardo, también recordó a los dos imputados. Durante los 28 días que permaneció secuestrada pudo saber poco sobre los compañeros que estaban junto a ella. Pero sí recordó muy bien la muerte de Mario Romero. “De esta persona yo siempre declaré, desde el primer momento, que sí tuve contacto visual un día que lo traían muy, muy mal, muy empapado de agua. Lo trajeron entre dos personas, casi a la rastras. No caminaba. A la noche la compañera de él llamaba desesperada, pedía un médico, que abrieran la puerta. No lo vi más”.

El último testigo fue Alberto Próspero Barret Viedma, quien hizo un detallado relato de las veces en que pudo tener contacto con Calculín y Cacho durante su detención. “El tal Calculín se presentó en mi estudio de dibujo simulando ser inspector de la municipalidad. Decía que iba a constatar si ahí había una imprenta, porque los vecinos se quejaban del ruido –relató. Se quejaba de lo poco que ganaba. Tenía un aspecto digno de tenerle lástima”.

Debido a las constantes quejas por lo poco que ganaba, el testigo le ofreció un poco de dinero al supuesto funcionario, quien se negó a recibirlo. Alberto no tuvo tiempo de confirmar si Calculín era o no un inspector. Tiempo después fue secuestrado. “Me llevaron al Olimpo. Ahí me desnudaron, me ataron a una mesa de hierro y me torturaron. Me preguntaban por la dirección de otros paraguayos, por quienes ofrecían 500 mil guaraníes. Les digo ‘Sería estúpido si les diera la dirección. Es elemental mi querido Watson’. Y quien me preguntaba era nada más que el tal Cacho”, relató Alberto.

Luego, cada vez que el testigo caminaba por el centro clandestino o era torturado, escucharía la voz de Cacho diciéndole “elemental, mi querido Watson”. Y luego, también, escucharía al Turco Julían reclamarle por haber querido “coimar” al supuesto inspector, cuya voz escuchó por los pasillos de centro clandestino. Alberto fue liberado días después, gracias a la intervención de su padre.

Las audiencias continúan el viernes 27 de abril, a las 10.

Más detalles sobre las tareas de Calculín y Cacho

Ninguno de los imputados estuvo presente en la audiencia de hoy, en la que declararon los testigos Mariana Patricia Arcondo, Rufino Jorge Almeida, Isabel Teresa Cerruti, Jorge Agusto Taglioni y Daniel Aldo Merialdo.

Maria Patricia Arcondo fue secuestrada el 31 de mayo, días antes de que empezara el mundial de fútbol. Hizo un detalle pormenorizado de su secuestro, del robo de sus pertenencias –“es una donación”, le dijeron los hombres que la detuvieron- y de los primeros momentos que vivió en el Banco, cuando torturaban a un hombre frente a ella para disuadirla a colaborar.

Estuvo 16 días en el centro clandestino y bajó ocho kilos. Recuerda el estado de locura en que se vivía durante el mundial de fútbol, del cuál estuvieron muy pendientes los represores que permanecían en el lugar. “Era un clima ficticio. De algún modo buscaban que nos interesara. Cuando ganaba Argentina, cambiaban la comida por medio pedazo de pan y morcilla o chorizo. Ese día éramos argentinos”, dijo la testigo.

El siguiente testigo, Rufino Jorge Almeida, recuerda a Calculín como la persona que evaluaba y fijaba, mediante entrevistas, a los que iban a ser trasladados o quedaban en libertad. En las conversaciones que tenía con los detenidos, Calculín se encargaba de generar de manera perversa expectativas sobre lo que significaba el traslado. “Era alguien que evidentemente tenía cierto maneo del legajo de las personas y cierta autoridad en el proceso”, recuerda.

El testigo pudo establecer la diferencia de ambiente que existía en el campo cuando se decidía una liberación y cuando ocurría un traslado. Escuchaba, por ejemplo, que cuando los detenidos eran liberado no recibían “vacuna” y que cuando ocurría un traslado escuchaban comentarios tipo “a este no le den de comer porque con la vacuna vomita”. Sobre las referencias a sus características físicas, el Almeida recordó que Calculín mismo se consideraba feo.

Isabel Teresa Cerruti, la tercera testigo de hoy, relató su secuestro y el de su hijo de 11 meses ocurrido el 22 de julio de 1978. “Cacho estuvo en el momento en que nos secuestraron –afirmó-. Me dijo que pertenecía al GT2 y que yo estaba bao su responsabilidad. En la sala de torturas no fue el que me sacó a mi hijo de mis brazos, pero sí fue quien se encargó de llevarlo a casa de mis padres”.

Lo describe como alguien de mediana estatura, siempre vestido de campera y con una actitud canchera. Era alguien hablador y que parecía tener dominio de la situación. Cerruti asegura que fue alguien responsable de muchos secuestros, torturas y muertes. También estuvo presente en el sistema de control al que fueron sometidos varios detenidos luego de su liberación.

“El vínculo entre Miguel del Pino y Cacho era muy estrecho. Siempre estaban juntos y a veces nos decían qué habían hecho”, recuerda la testigo. Sobre Calculín, Cerruti recuerda que pertenecía a otro grupo de tareas.

La testigo estuvo presente en el traslado ocurrido en el Banco el 6 de diciembre de 1978 y el de enero de 1979, cuando los represores se llevaron a más o menos 100 compañeros que estaban detenidos. Cerruti dio varios nombres de personas trasladadas, entre los que estaban Alfredo Toitero y su esposa, Marta Vasallo –embarazada de ocho meses-, Santiago Villanueva, Marcelo Buis –también con su compañera- y Carlos Esqueri.

El cuarto testigo, Jorge Agusto Taglioni, fue secuestrado junto con su esposa embarazada de tres meses, en agosto de 1978. Al llegar al Banco escucharon una voz que decía “estos clientes son míos”. Después pudo identificar esa voz como la de Paco, jefe del GT1. También tuvo contacto con Calculín, quien le hizo sacar el tabique en un momento en que fue llevado a un cañón de herramienta en el Olimpo. Ahí se dio cuenta que había participado en su secuestro.

“Ahí me preguntó si sabía porque estaba ahí y yo le respondí que por peronista. Luego me dijo: ‘¿sabes a dónde vas a ir?’ y le dije que no. Luego me preguntó por mis hijos y al final me dijo ‘sabes que hay una granja donde van y la gente se puede encontrar con su padre y sus hijos que están afuera’”, recordó el testigo.

El último en declarar fue Daniel Aldo Merialdo, quien conoció a Calculín durante su detención en el Atlético. Lo describe como alguien pelado, con anteojos y medio rengo. “Este personaje se encargaba de la tarea de hacer inteligencia con otro tal Paco y Colores –recordó-. Calculín cumplía la misión de armado del organigrama, mapas e historias referentes a los secuestrados. Concurría diariamente y hacía un trabajo más fino respecto a la gente que caía, dónde vivía y cuál era su afinidad política”.

A Cacho lo asocia con el GT2 y cree que no era alguien del staff cotidiano sino que aparecía de vez en cuando para atender al grupo de secuestrados que estaban a cargo de ese grupo. El testigo narró los traslados que pudo presenciar durante su cautiverio y los compañeros que fueron llevados en esas oportunidades.

Al final de la audiencia la fiscalía y las querellas desistieron de varios testimonios.

La eliminación del que sabe y el staff político de Calculín

La ronda de testigos comenzó hoy, con la declaración de Marcelo Gustavo Daeli. Antes, la fiscalía informó que iba a desistir de la testigo Ana María Careaga y que solicitaba al tribunal que su declaración anterior fuera incorporada por lectura. Luego de lo anterior, el imputado Pedro Godoy pidió no estar presente en la audiencia.

Marcelo Daeli fue secuestrado en la madrugada del 24 de mayo de 1977 y fue llevado al Atlético. Durante su cautiverio pudo advertir y luego confirmar que estaba en manos de la policía federal. Tuvo contacto con dos represores que recuerda bien, uno era el Turco Julián y el otro era Tío.

“Desde el primer día que estuve detenido en la guardia del Turco me dejaron ver a un grupo de compañeros de la facultad de filosofía en donde cursé un año antes del secuestro –narró Daeli-. Entre ellos se encontraban mis amigos Maria del Carmen Reyes, Alejandra Lapacó y Guti Aran. Todos en ese momento cambiamos nuestro nombre por una letra y un número”.

En el primer traslado que vivió hubo una confusión inicial. “Vinieron a mi celda a buscarme porque habían dicho F107, que era mi número. Luego rectificaron porque en realidad buscaban a F157, es decir, a Maria del Carmen”, recordó el testigo. En ese traslado, que ocurrió a mediados de abril, también fueron llevados Guti Aran y Alejandra Lapacó.

La versión oficial sobre los traslados consistía en una supuesta reclusión en un penal en el Chaco o en una granja de recuperación en el sur. Quienes fueran trasladados iban a recibir mejor comida, iban a estar en mejores condiciones de detención, decían los encargados del centro clandestino. “Mi sensación era que cuanto menos conocimiento tuviera sobre lo que pasaba era mejor. El testigo era el eliminable. No compartía la actitud de querer conocer”.

Posteriormente Daeli fue llevado a la superintendencia de seguridad federal. Ahí habló con un guardia, un cabo de la policía, quien le contó que había estado en su operativo de secuestro y que había sido obligado a vestirse con uniforme porque se había excedido en la tortura.

Otro guardia apodado Yacaré conversó con él. Le confirmó, en una oportunidad, que debían desembarazarse de aquellas personas cuya utilidad había concluido, que esas personas eran trasladadas y que el traslado significaba “eliminación”.

Luego, cuando fue liberado y trabajaba en la facultad de ciencias exactas, el decano le pidió que renunciara porque tenía un “expediente” y que eso podía complicar su situación. Daeli fue a hablar con un tal Álvarez, apodado “Conejo”, que era el responsable de los militares en la facultad. Álvarez le mostró su expediente y le dijo que podían tomarse otras represalias en su contra. “¿Vos te crees que el traslado es solo tirarlos del avión? –le dijo Conejo-. No, debajo de estas plateas están tus compañeros”.

El testigo asoció el apodo Calculín a su permanencia en Atlético. También pudo dar información sobre algunos detenidos que permanecieron con él durante su cautiverio.

“Levántate, pibe” fue lo primero que escuchó el segundo testigo de la jornada de hoy, Miguel Ángel D’Agostino, en la mañana del 2 de julio de 1977, cuando fue secuestrado en su casa por un grupo de hombres vestidos de civil.

Según pudo saber durante el viaje que lo llevó de su casa al centro clandestino Atlético, los represores estaban buscando a su hermana, quien era perseguida por su militancia desde hacía varios meses. El testigo fue torturado, entre otros, por el Turco Julián y por Colores. Luego fue llevado a la leonera, donde escuchó el nombre de otros torturadores como el Alemán, Calculín, Capitán y Coronel. Todos esos los podía identificar por la voz, por la percepción que tenía de su cuerpo, de su olor y de sus movimientos y de sus golpes cuando estaban cerca. También relató el contacto que tuvo con otros detenidos.

D’Agostino recordó los tres traslados que tuvo que vivir durante su cautiverio. “Cuando veo que a mí no me trasladan me deprimo muchísimo. Si hubiera podido suicidarme lo habría hecho –recuerda el testigo-. Luego hablé con Pascua, quien era el que pasaba la comida y él me dice ‘petizo, con vos puede pasar otra cosa y te pueden dejar en libertad’. Yo le dije que a él también lo podían dejar en libertad y él me dice que no, que a los destabicados los iban a matar porque sabían mucho”

El último testigo fue Mario Vinalli, quien declaró por videoconferencia. Villani recordó bien quien era Calculín. Lo describió como alguien de mediana estatura, más bien bajo, un poco calvo y con anteojos de bastante aumento. “Era miembro de la policía federal –dijo-. Lo vi en el Atlético, en el Banco y en el Olimpo. Era una persona que participaba tanto de los interrogatorios como de las torturas”.

Según Villani, Calculín era una persona muy interesada en cuestiones políticas. Tenía la fantasía de crear una especie de consejo, de staff que funcionara como asesores políticos y para ello habló con Mirta Edith Tartagena, con Piri Lugones y con él. “Respetaba especialmente la opinión de Mirta, a quien apodábamos Angelita, así que no creo que haya perdido el rastro después del traslado. Debe saber su destino, aunque todos los sospechamos”, dijo Villani.

De Cacho sólo recordó su nombre y cree haber tenido con él un trato muy breve, muy circunstancia, en los centros Banco y Olimpo. Luego mencionó los detalles que conocía de sus compañeros de detención, entre los que se encontraban Pablo Pavich, Santiago Villanueva y Cristina Carreño.

La audiencia concluyó con la incorporación a petición de la fiscalía del libro de Ceferino Reatro “Disposición final”.

Pedro Godoy (Calculín) y Alfredo Omar Feito (Cacho): comienza el debate

La primera audiencia comenzó con la lectura de la acusación de los dos imputados en la causa: Pedro Godoy (oficial de policía retirado, conocido en el circuito Atlético Banco Olimpo con el apodo de “Calculín”) y de Alfredo Omar Feito (sargento primero de caballería, apodado “Cacho” en los centros clandestinos Banco y Olimpo).

Según el requerimiento de elevación a juicio, ambos procesados eran parte de las patotas que secuestraba, interrogaban y aplicaban tormentos a los detenidos que permanecieron en esos lugares de detención.

Posteriormente se hizo una descripción de cada uno de los casos que se juzgan en la causa. Una vez concluido lo anterior, el presidente del tribunal Jorge Tassara declaró abierto el debate. Sin embargo, la defensa de ambos imputados planteó una cuestión preliminar. Según ellos, la audiencia debía suspenderse debido a que está en debate en otras instancias una recusación contra uno de los integrantes del tribunal.

Las querellas y la fiscalía se opusieron a los argumentos de la defensa. Luego de un cuarto intermedio, los jueces rechazaron el planteo y se procedió a la indagatoria de los dos imputados.

Cuando el juez Tassara le preguntó a Pedro Godoy si tenía algún sobrenombre, el procesado respondió: “Que yo sepa, no”. Luego Godoy señaló que no iba a prestar declaración y que se reservaba el derecho a hacerlo en otra oportunidad, durante el transcurso del debate. Igual decisión tomó en a continuación el imputado Feito, quien ante la pregunta del juez sobre la existencia de algún sobrenombre con que fuera identificado sólo atino a decir: “de chico me decían ‘Cachito’”.

La próxima audiencia será el 20 de abril a las 10.