Un testigo “sublevado” de la Armada II

Julio César Urien declaró el día de hoy. Urien contó al tribunal que ingresó a la Armada en 1968 y que a partir de 1969 –fecha en que se produce el Cordobazo- empezaron a darse cambios en la formación de los marinos. “Se nos pasó la película la Batalla de Argelia, donde se ve cómo el ejército torturaba a los argelinos para obtener información”, contó el testigo.

La instrucción en la lucha contra el “enemigo interno” incluyó cursos de comando donde se dividían a los suboficiales en dos grupos, uno de prisioneros y otro de militares. Los que hacían de militares torturaban a los prisioneros para comprobar hasta qué punto podían resistir sin hablar. También realizaron ejercicios de allanamientos en Puerto Madryn.

Urien contó la impresión que le generó la versión oficial de la masacre de Trelew que le fue leída por un superior. “La impresión nuestra era que había sido un asesinato”, señaló. Posteriormente Urien fue enviado con el resto de la compañía en la que estaba a la ESMA. En noviembre de 1972 se forma desde esa compañía el primer grupo de tareas destinado al secuestro de civiles para posteriormente ser llevados a esa escuela.

“Nosotros nos sentíamos en la obligación de revertir esa situación, queríamos demostrar que había otra armada”, dijo Urien. Para hacerlo, el testigo lideró una sublevación que incluyó a otros oficiales y suboficiales. Los marinos sublevados fueron enviados a Consejos de Guerra y luego fueron encarcelados en distintos lugares del país. “Al día siguiente que gana Campora, me llama un capitán –recordó Urien-. Me preguntó si queríamos hacer la revolución y luego me dijo que la Armada estaba dispuesta a matar un millón de personas pero que la revolución no se iba a hacer”.

El testigo mencionó a los marinos que fueron víctimas de la represión del 76. Mario Galli, quien fue secuestrado con su esposa y su hija, Juan Domingo Tejerina y otro cabo de apellido Lebrón. Urien fue amnistiado con la asunción de Cámpora pero luego fue detenido en 1975 y durante ocho años estuvo pero en distintas cárceles del país.

Después de la declaración de Urien se proyectó un video de una entrevista que la documentalista Mariana Arruti le hizo a Daniel Carreras, quien se refirió a situaciones que no pudo relatar durante el testimonio que dio en instrucción.

Carreras, quien fue el periodista con quien los 19 detenidos hablaron en el aeropuerto, contó que en su casa tenía en un cuadro de terciopelo y abrochada con una chapa de bronce la púa que Mariano Pujadas le regaló luego de la entrevista del 15 de agosto de 1972. Cuando un grupo de tareas allanó su casa encontró ese cuadro y 17 fotografías más de la toma del aeropuerto. Carreras fue secuestrado y permaneció desaparecido durante 23 días.

“Estuve 17 días esposado, tabicado con rollo de papel en los oídos y cinta ancha en la cabeza y me dieron picana de las 10 de la noche a las 8 de la mañana. Baje 17 kilos –contó Carreras-. Pensaban que era un dirigente destacado de las organizaciones”.

Un testigo “sublevado” de la Armada I

El guardiamarina Ricardo Hirsch estaba destinado en el Batallón de Comunicaciones de la base naval de Puerto Belgrano en 1972, cuando participó en la sublevación de marinos que estaban en contra de los planes represivos que ya se habían puesto en marcha en esa época.

“Fui preparado para defender los intereses del país contra un ataque exterior, pero ese objetivo fue cambiado por uno que no nos representaba; nosotros no nos íbamos a involucrar en hechos que no fueran operaciones legales”, dijo el testigo.

Luego de la sublevación, él y otros integrantes de la Armada pasaron a disposición de la justicia militar. Estuvieron presos desde el 17 de noviembre hasta que salió la ley de amnistía, en mayo de 1973.

Si bien Hirsch era testigo de la defensa y el propósito de su intervención era demostrar que había marinos que habían sido beneficiados con la ley de amnistía, el testigo se separó del grupo que ejecutó la masacre con un razonamiento muy concreto y acertado: “nosotros éramos perseguidos políticos por el régimen militar de ese momento”.

Hirsch denunció que entre agosto y noviembre se hicieron ejercicios de allanamientos en Puerto Madryn con el fin de buscar militantes políticos y que esos ejercicios iban encaminados hacia una escalada aún mayor de la represión, que incluía persecuciones, arrestos y desapariciones. “Se empezaron a formar grupos de tareas cuyo fin era iniciar ataques contra los trabajadores que luchaban por sus derechos –dijo el testigo-. Los militantes y los trabajadores eran el enemigo”.

Un poco de historia

El día de hoy dio su declaración Vera Carnovale, historiadora e investigadora del Conicet, quien ha trabajado sobre la violencia política del periodo 66-73. “La dictadura que comenzó Onganía fue un régimen particularmente represivo –dijo Vera- . Fue, además, la primera dictadura que no se planteó un plazo delimitado para permanecer en el poder”.

La historiadora señaló otros elementos característicos de ese periodo: el rol de defensa interna que se atribuyó a las fuerzas armadas, la legislación fuertemente represiva, el autoritarismo, el rechazo a la protesta social. Todo esto se condensó en una serie de sublevaciones que alcanzó como ejemplo paradigmático el Cordobazo.

“Al calor de esa protesta social surgen diversas organizaciones revolucionarias”, señaló la testigo. Como respuesta a ese fenómeno, la dictadura creo en 1971 la Cámara Federal en lo Penal, más conocida como Camarón, que fue impugnada desde el inicio por los abogados de presos políticos. “Era un tribunal ad hoc de única instancia”.

La legislación represiva viene acompañada por un uso cada vez más institucional de la tortura a presos políticos. La picana eléctrica, que ya se empleaba con cierta irregularidad contra los detenidos regulares, se fue incorporando masivamente en los interrogatorios realizados a los perseguidos políticos.

También se empezaron a producir las primeras desapariciones. Dijo la historiadora que entre 1970 y 1973 se contaron entre 10 y 12 desapariciones que, a diferencia de lo que ocurriría posteriormente en la dictadura de 1976, no eran ejecutadas premeditadamente sino que eran fruto de la tortura. Se eliminaba la evidencia de la muerte de los detenidos.

Vera considera que la Masacre de Trelew y la represión que se produjo durante los velatorios de las víctimas trajeron como primera consecuencia una fuerte indignación pública. “Luego de este acontecimiento mucha gente se incorporó a la militancia política revolucionaria”, dijo la historiadora.

A continuación dio su testimonio Horacio Ballester, quien habló sobre la doctrina de seguridad nacional que fue la base de la organización y acción militar de toda Latinoamérica a partir de la Segunda Guerra Mundial.

“La junta interamericana de defensa, con sede en Washington empieza a hacer recomendaciones que en realidad son órdenes. Nos señalaron quién es nuestro enemigo”, dijo Ballester.

En 1951, Estados Unidos dicta la Ley de ayuda mutua que le permite a ese país mediante actos bilaterales prestar armamento a las fuerzas militares de los países de América Latina. Esos préstamos implican aceptar la presencia de jefes militares estadounidenses en los cuarteles nacionales.

“A fines de los 60 se adopta la doctrina militar francesa de lucha contrainsurgente. La propia junta interamericana de defensa se recomendó su adopción”, señaló el testigo. En esa doctrina, la definición del enemigo subversivo era determinante. “A fines de la década de los 60 ya estaba todo listo: los reglamentos desarrollados, los cursos realizados. En ese momento comenzó la aplicación práctica”.

Esa aplicación práctica se materializó en torturas, desapariciones, detenciones arbitrarias. El que se opusiera a ello era juzgado, tal como le ocurrió al testigo, quien fue enviado al consejo de guerra por sublevarse durante la dictadura de Lanusse.

Tres familiares testigos de la persecución

En la audiencia de hoy declararon Ana María Biggi, Julio Ulla y Eduardo. Todos ellos contaron ante el tribunal la persecución de la que fueron objeto por llevar el apellido de las víctimas de Trelew. Biggi era la pareja de José María, uno de los hermanos de Mariano Pujadas. Relató al tribunal cómo se enteró de los hechos ocurridos el 22 de agosto y cómo fue el sepelio de su cuñado en Córdoba: “Trajeron el ataúd a la casa y ahí lo velaron. Estaba cerrado, pero parte de la cara se veía. Comentaban que el cuerpo estaba desnudo, que tenía muchos tiros, como 16, que estaba cocido como un matambre, como si hubiera habido una autopsia”.

La testigo recordó que el entierro de Mariano fue multitudinario y que a partir de ese momento la familia Pujadas empezó a sufrir una persecución muy fuerte que terminó con el exterminio de casi todos sus integrantes. El 13 e agosto 1975, cuando Biggi ya estaba separada de José María, un grupo parapolicial entró a la casa y secuestró a los padres de Mariano, a dos hermanos y a una cuñada. Todos fueron asesinados y sus cuerpos fueron arrojados a un pozo. Milagrosamente la cuñada sobrevivió. El resto de la familia Pujadas, ante el terror, decidió exiliarse en España. Ana María recordó que los tres sobrevivientes estuvieron en la casa de Mariano y le contaron a la familia cómo fue el fusilamiento en la base Almirante Zar. El relato coincide con las declaraciones que Maria Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar hicieron en distintos momentos.

Eduardo Toschi contó al tribunal hechos relacionados con el recibimiento del cuerpo de su hermano, Humberto. Explicó lo que vio al ser abierto el ataúd –pese a que lo tenían prohibido- y relató las presiones que recibió su familia para que el entierro fuera lo más rápido posible. “Nos obligaron a sacarlo de la casa. Queríamos caminar hasta el cementerio pero a los 10 metros nos cortaron el paso. Durante el trayecto nos acompañaron vehículos de la policía y del ejército. No se nos permitió hacer ningún homenaje a mi hermano”, dijo el testigo.

Antes de la masacre del 22 de agosto, la casa de la familia Toschi fue allanada. Después esos allanamientos se hicieron aún más frecuentes. “En total fueron 19 –dijo Eduardo-. Cada vez que iban se llevaban papeles, revistas, nunca se llevaron nada de valor. En dos oportunidades el que entró fue el ejército, luego iba gente de civil con armas. Se presentaban sin una orden”. Un año después de la masacre, una bomba detonó en el negocio que Eduardo tenía en Córdoba. Los padres de Humberto se tuvieron que ir de Córdoba por la persecución de que eran objeto.

Por último declaró Julio, hermano de Jorge Ulla. El testigo recordó que en una oportunidad Ricardo René Haidar lo visitó en la casa de sus padres, en Santa Fe. En esa oportunidad, el sobreviviente les contó cómo fue la masacre y el relato de los hechos fue, además de dramático, contundente. “Dijo que cuando venían rematando escuchó la voz de mi hermano gritando ‘tira hijo de puta’ y que ahí sonó el disparo que lo mata”.

Julio, quien es médico cirujano, pudo examinar el cuerpo de su hermano antes de ser enterrado. “Cuando nos entregan el cadáver y lo cambiamos de cajón me encuentro con un cuerpo desnudo, ensangrentado, con pedregullo. Tenía un tiro en el muslo, con halo de la pólvora. Tenía un cinto y un atado de cigarrillos Jockey club”, relató. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Julio fue el disparo solitario que tenía Julio cerca del corazón. Un tiro efectuado a quemarropa.

El entierro de Jorge, al igual que el de las otras víctimas de la masacre, fue fuertemente reprimido. En el primer aniversario, Julio fue detenido mientras estaba en un homenaje. Fue llevado al D2 en Córdoba donde permaneció encerrado durante un día. “Luego me llevaron a mi casa y buscaron un disco que se llamaba Una rosa y un fusil. Me dijeron que a mi hijo no lo iba a ver más. Me volvieron a encerrar en el D2 y a la noche me liberaron”, dijo. El testigo contó que su familia fue perseguida, su casa allanada, todos los recuerdos de su hermano destruidos.

“Trelew es un tema de alta sensibilidad para la marina”

Mariana Arruti, directora del documental Trelew, dio su testimonio el día de hoy. Contó al tribunal que desde 1999 decidió hacer esa película porque se trataba de un hecho fundamental de la historia política argentina. Luego de hacer un relevamiento del material publicado relacionado con la masacre, viajó a Rawson y a Trelew para entrevistar a los testigos de los hechos. Al principio encontró que había mucho temor para hablar de un acontecimiento tan doloroso para los pobladores de la zona; sin embargo, poco a poco se fue aliviando ese temor y al final contó con material suficiente para hacer el filme.

Intentó muchas veces hablar con personal de la Armada. Al final sólo pudo tener una entrevista con el almirante Godoy, quien para ese entonces era encargado del área de relaciones institucionales. “Lo que yo buscaba era tener una declaración oficial de la armada –dijo Arruti-. Godoy me contestó que la declaración oficial la teníamos que buscar en el año 1972, que no tenía nada para decir”. La testigo le preguntó si podía hablar con los marinos involucrados con el hecho y Godoy respondió que no tenía contacto con ellos. Luego le preguntó si podía acceder a material documental y el almirante le respondió que no existía documentación al respecto.

“Trelew es un tema de alta sensibilidad para la marina. Eso lo repitió varias veces. Luego supimos en 2006 lo del espionaje. Supimos que nosotros, como parte del rodaje de la película habíamos sido observados”, dijo Arruti.

Para la filmación del documental, la testigo también tuvo dificultad de entrevistarse con familiares de las víctimas. Al final pudo hablar con una tía de Maria Angélica Sabelli y con la madre de Eduardo Capello. Ambas le relataron la historia de persecución, exilio y muerte que vivieron sus familias por el simple hecho de estar vinculadas con los fusilados de Trelew.

La Comisión de Solidaridad con los Presos Políticos

Sergio Maida fue uno de los integrantes de la Comisión de Solidaridad con los Presos Políticos que acompañó a los detenidos en la cárcel de Rawson y a sus familiares. El día de hoy, Maida declaró ante el tribunal y rescató a la comisión como una de las primeras figuras que surgió en el país para la defensa de los Derechos Humanos.

El testigo fue apoderado de Roberto Quieto. Al principio, la cantidad de apoderados era mínima, pero esta fue creciendo con el paso del tiempo. Dijo Maida: “Fueron incorporándose otros ciudadanos de la región de los más diversos orígenes e ideologías. La mayoría no tenía filiación partidaria”.

Según Maida, los días que siguieron a la fuga fueron de mucha tensión. Luego de la masacre, esa ansiedad se transformó en miedo. Los integrantes de la Comisión empezaron a juntarse para conversar sobre las posibles consecuencias que los hechos precedentes podrían traer para ellos. Ese temor se concretó en octubre de 1972, cuando en una madrugada un grupo de vecinos de Trelew, Rawson y Puerto Madryn fueron detenidos por el Ejército. Dieciséis de ellos fueron enviados en un Hércules de la Fuerza Aérea a Buenos Aires y de ahí a la cárcel de Villa Devoto.

“Esa detención fue muy curiosa. No quedó registrada como detención oficial, ni siquiera dentro de los parámetros que el gobierno de facto utilizaba en la época. No hubo decreto PEN en nuestro caso o sea que técnicamente yo considero que fui secuestrado”, dijo Maida, quien recordó por nombre a todos los que fueron apresados junto a él. Muchos de los apoderados fueron víctimas de la represión posterior, como fue el caso del propio testigo, quien fue secuestrado y torturado en 1976, y de Elvio Ángel Bell, quien se encuentra desaparecido.

Cuarenta años de silencio y el detenido número 26

Miguel Marileo trabajaba en la empresa Melluso, la única especializada en pompas fúnebres en Trelew. El 22 de agosto de 1972, a las cinco de la tarde, un grupo de marinos de la Base Aeronaval Almirante Zar fueron a comprar los 16 cajones para los cuerpos de los militantes fusilados. A la media noche de ese mismo día, otro grupo de marinos buscaron a Marileo en su casa y lo llevaron, junto con su jefe, Martello, en un camión militar hasta la base.

Al llegar encontró los cuerpos desnudos de las dieseis personas. “Sentí una impotencia y una bronca porque la mayoría de esos muchachos que estaban ahí eran de la edad mía. Empecé a mirarlos a todos a ver si encontraba algo raro, lo que me llamó la atención es que al costado de cada uno de ellos, a lado de la cabeza, estaba su nombre y una bolsita de nylon con los plomos que les habían metido”, dijo Marileo.

El testigo fue observando cada uno de los cuerpos detenidamente. Vio que Ana María Villareal de Santucho estaba embarazada y tenía tres tiros en el vientre. Vio también que Maria Angélica Sabelli no tenía tiros a la vista y sin embargo, cuando le levantó la cabeza pudo observar que tenía un disparo en la nuca. Mariano Pujadas era el que más disparos había recibido y además su cuerpo estaba cocido, como si le hubieran practicado una autopsia.

Marileo terminó su trabajo a las tres o cuatro de la mañana. Aún así, permaneció en la base hasta las cinco de la tarde, hasta que por fin alguien dio la orden de llevarlo a él y a su jefe de regreso a Trelew. Fueron llevados por personal de infantería de marina en un jeep. “Cuando llegamos a la ciudad, Martello se bajó y yo me bajé. Agarré la caja de herramientas, la garrafa que habíamos usado para soldar cuando un señor que estaba en frente mío me dijo vos no viste nada, vos no estuviste en la base, cuidate porque tenés un hijo muy chiquito –recordó el testigo-. Por lo que se ve sabían todo. Yo no le dije nada, no le contesté. Me callé la boca durante 40 años”.

El otro testigo de la jornada fue Luis Ortolani, quien estuvo detenido en la cárcel de Rawson y participó en los planes de fuga del 15 de agosto. Ortolani era militante del PRT. Fue detenido en febrero de 1972 y fue torturado en una comisaría de Rosario y luego fue llevado en avión a la Jefatura de Policía de Córdoba. Ahí también fue torturado en procura de información sobre la organización a la que pertenecía. Después de esto fue “legalizado” y trasladado a la cárcel de Villa Devoto.

En abril de ese año, el testigo formó parte de los traslados masivos que se dieron a la cárcel de Rawson. Cuatro de los seis pabellones de esa prisión estaban destinados a los presos políticos. Uno de ellos a los presos sindicalistas o gremialistas. Ortolani pidió ser enviado al pabellón cinco donde estaban ubicados los principales cuadros de las organizaciones revolucionarias y otros detenidos políticos entre los que se encontraba su cuñado Mario Delfino. Al llegar tuvo conocimiento de un plan de fuga que desde meses antes se venía gestando.

En un primer momento se pensó hacer un túnel, sin embargo esa idea fue prontamente descartada por inviable. Entonces se elaboró un plan mucho más audaz, que de haber sido completamente exitoso hubiese permitido la fuga de 116 presos políticos. Ortolani describió con detalle el plan de evasión.

“Todos teníamos un número del 1 al 116. El primer escalón, es decir, los que tenían que salir primero, eran los 6 dirigentes que son los que constituyen en la operación el grupo que va adelante haciendo abrir las puertas de la cárcel –explicó Ortolani-. Después había un escalón de 19, que van a ser los que quedan atrapados en el Aeropuerto de Trelew, o sea un total de 25. El tercer grupo eran los que eventualmente, si fracasaban los camiones que nos esperaban afuera quedábamos adentro. Yo era el número 26”.

Los tres camiones no llegaron. Sólo ingresó un auto en el que se desplazaron los dirigentes. Luego se consiguieron dos taxis y un remis para llevar a los 19 que posteriormente se entregaron en el aeropuerto de Trelew. Ortolani se quedó en la cárcel y fue el encargado de negociar con el ejército la entrega del penal. Pese a la amenaza constante de que el lugar sería tomado a la fuerza, los detenidos mantuvieron la calma y lograron efectuar una rendición pacífica.

Después de esto permanecieron 30 días encerrados, sin poder ver a sus abogados o familiares, sometidos a un régimen penitenciario cruel y humillante. Todas las pertenencias que tenías les fueron retiradas y alimentaron una gran hoguera que se hizo en el centro de la cancha de fútbol de la cárcel. Les dieron un uniforme de verano, pese a que estaban en pleno invierno y los mantuvieron encerrados en sus celdas.

A pesar de lo anterior, los presos pudieron guardar una radio con la cual pudieron enterarse del fusilamiento de los 19 compañeros y la muerte de 16 de ellos. Ortolani fue trasladado a fines de 1972 al penal de Devoto, donde pudo hablar con Haidar y Camps. Ahí le relataron lo ocurrido.

Los últimos conscriptos

Hoy declararon dos conscriptos más. Carlos Celi, el primero de ellos, prestaba funciones en la oficina de pasajes que estaban en el edificio de guardia de la base Almirante Zar. Vio como los detenidos eran trasladados de a uno y escoltados por oficiales armados hacia los baños y también participó en las ruedas de reconocimiento que hizo el juez Quiroga el día anterior a la masacre.

En la madrugada del 22 de agosto, Celi y los otros conscriptos no se levantaron con la diana, como era de costumbre. Durmieron varias horas más y al despertarse vieron el revuelo en la base. El testigo observó como los cuerpos de los 16 fusilados y de los tres sobrevivientes eran trasladados tomados de los pies y manos del edificio de guardia a la enfermería en una camioneta. Los iban colocando uno sobre otros, apilados.

Al día siguiente vio como los féretros eran cargados en un avión DC3 de la armada. El fiscal le preguntó al testigo sobre cuáles eran los comentarios que hacían los demás conscriptos sobre lo ocurrido. Celi contestó: “que no habrían podido escapar nunca de allí”. Finalmente señaló que al terminar el servicio, el segundo de la base les dijo a todos los conscriptos que la única versión que podían dar de lo ocurrido era la que les leyó de un diario, es decir, la versión oficial.

El segundo testigo fue Heraldo Torne, quien contó a la audiencia lo mismo que otros conscriptos: que el 22 se despertaron tarde, que vieron los cuerpos ser trasladados del edificio de guardia a la enfermería y que era inverosímil la versión de un intento de fuga.

Torne vio a Maria Antonia Berger en la enfermería. “Gritaba que por favor la mataran. Estaba bastante deteriorada. Estaba sedada, con sondas. Gritaba de tal manera que daba impresión escucharla”, dijo el testigo. Los testigos que preguntaban algo relacionado sobre los hechos eran castigados por sus superiores. Se les dio una versión oficial que era la que tenía que divulgar y fueron interrogados para saber cuál era su posición política. Finalmente Torne contó que vio la zona de calabozos después de los hechos y que habían disparos dentro de las celdas.