El Silencio terminó

Inspección ocular al centro clandestino del Delta

La isla fue propiedad del Arzobispado de Buenos Aires. En 1979 el grupo de tareas 3.3 la utilizó para ocultar a los detenidos-desaparecidos en la ESMA ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

“Más o menos a principio de septiembre nos llega la noticia de que íbamos a ser trasladados porque venía la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Una noche nos cargan por tandas en dos camiones. Pensé que nos iban a pegar un tiro en la cabeza y a tirar al rio. Después de un trayecto muy duro, de tres o cuatro horas en una lancha chica, llegamos a la isla”. Así describió Víctor Basterra en su declaración ante los jueces del Tribunal Oral Federal Nº 5 el primer viaje que realizó en 1979 a la isla El Silencio, el lugar en donde permaneció encerrado durante casi un mes en condiciones de detención deplorables.

BasterraFoto: Daiana Fusca. Victor Basterra durante la visita a El Silencio

Treinta y cuatro años después, Basterra recorrió ese mismo trayecto con el propósito de revelar la verdad sobre lo ocurrido. Junto a él se encontraban otros sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA): Carlos Lorkipanidse, Enrique Fukman, Roberto Barreiro, Leonardo “Bichi” Martínez y Ángel Strazzeri. La existencia de la isla como centro clandestino de detención vinculado a la ESMA fue denunciada judicialmente en 1984. Sin embargo, recién en 2013 y gracias al impulso de las víctimas, se realizó la primera inspección ocular en el lugar, cuya ubicación no se hallaba corroborada judicialmente hasta entonces.
La visita se realizó a pedido de los sobrevivientes el pasado 13 de junio. En ella participaron, además de los testigos ya mencionados, representantes de las querellas –incluida la del CELS-, fiscales de la causa ESMA Unificada, periodistas y funcionarios del juzgado de instrucción a cargo de Sergio Torres. La inspección ocular tiene una gran importancia probatoria. No solo ratificó lo dicho por las víctimas respecto al trato cruel que recibieron durante su secuestro, sino que también fundamentó las denuncias sobre la complicidad de ciertos sectores de la iglesia católica con la dictadura.

sobrevivientesFoto: Daiana Fusca. Sobrevivientes durante el día de la inspección ocular en El Silencio

Las huellas

En 1979 la CIDH anunció su inminente visita a la Argentina. Para borrar cualquier rastro de las víctimas y de los centros clandestinos de detención en los que aún permanecían secuestradas, la Armada realizó modificaciones al casino de oficiales de la ESMA de tal modo que su estructura no coincidiera con la descripción de ese lugar que habían hecho algunos sobrevivientes ante distintos organismos de derechos humanos. Por otra parte, los marinos decidieron trasladar a los prisioneros a un lugar en donde no pudieran ser encontrados. Fue así como en los primeros días de septiembre de ese año, alrededor de 40 detenidos-desaparecidos fueron llevados por tandas, a golpes y de forma clandestina, a la isla El Silencio, ubicada en el Delta del Tigre.

Al llegar al lugar, los prisioneros que se encontraban en Capucha fueron recluidos en la parte inferior de una de las casas, un lugar en donde solo podían permanecer agachados, en medio del barro y  sin agua potable. Basterra describió: “El lugar era muy húmedo. Era una casa elevada y en la parte de abajo, donde estaban los pilotes, la habían segado con mampostería. Había una pequeña puerta y una ventana (…) No había agua potable. Una sola vez me llevaron a bañar. En algún momento hizo mucho calor y era insoportable. Entonces hubo algunos compañeros con descompostura, incluso una compañera se desmayó. Los guardias nos sacaron 15 o 20 minutos a cada prisionero para respirar un poco de aire. Era una experiencia muy difícil. Así fue durante un mes”.

capuchasFoto: Daiana Fusca. Parte baja de la casa donde estuvieron secuestrados los “Capuchas”

Al grupo de “destabicados” lo ubicaron en la casa grande y fueron usados como mano de obra esclava. Sus tareas consistían en cortar álamos y formia. Las mujeres –Thelma Jara de Cabezas y Blanca Alonso-  por su parte, fueron obligadas a cocinar para todo el grupo de personas, prisioneros y militares, que se encontraban en la isla. “Nos obligaban a cortar troncos.  Teníamos que trabajar en una zona pantanosa, que producía gases tóxicos”, recordó Lorkipanidse en su testimonio ante el Tribunal Oral Federal n° 5. Strazzeri, por su parte, dijo en su declaración: “Dormíamos en camas sobrepuestas. Éramos unos 20. Nuestra tarea era el trabajo esclavo. Cortar leña y cargar troncos grandes. Las mujeres creo que cocinaban. A 150 metros de nuestra casa estaba la gente de Capucha”.

Muchos episodios que los sobrevivientes logran rescatar de su memoria son muestra de la perversidad de los victimarios. Basterra contó que en una oportunidad los guardias que dormían en la parte de arriba de la casa estaban viendo la final del mundial juvenil de fútbol, mientras abajo los detenidos se asfixiaban  por el calor y la humedad. “Cuando Argentina ganó el partido, los guardias estuvieron saltando toda la noche y el polvo caía sobre nosotros. Era irrespirable”.

A pesar del abandono y del paso del tiempo, los sobrevivientes pudieron reconocer las dos casas en las que estuvieron prisioneros durante todo el mes de septiembre. Observaron que el pequeño muelle al que llegaron se encontraba destruido y encontraron también algunas pruebas de su paso por la isla: una enorme roca en la que afilaban los machetes para cortar los árboles, la cocina económica que utilizaron las mujeres y un buggy que era usado para vigilar el lugar.

muelleFoto: Daiana Fusca. Imagen del muelle durante la inspección ocular.

Carcelero o pastor

Una de las mayores revelaciones que surgen del traslado de los detenidos a la isla El Silencio tiene que ver con quién era hasta enero de 1979 su antiguo propietario: monseñor Emilio Grasselli. Desde 1955 Grasselli fue un estrecho colaborador del ex arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Antonio Caggiano, quien se caracterizó por su activismo a favor de la llamada “guerra contrarrevolucionaria”. Grasselli fue durante más de dos décadas su secretario familiar. A principios de los setenta lo nombraron secretario de la vicaría castrense. En ese lugar desempeñaría una misión por la que se haría tristemente célebre: atender a los familiares de las víctimas de la dictadura que acudían a la Iglesia en busca de información.

Grasselli conocía bien los crímenes que se cometían en la ESMA. Así lo reconoció en diversas oportunidades, incluso en un testimonio que brindó ante la Cámara Federal durante el Juicio a las Juntas. Tenía un estrecho vínculo con los integrantes del grupo de tareas de la ESMA hasta al punto de poder decir casi con certeza ante la consulta de un familiar si la víctima se encontraba viva o si había sido trasladada. También “colaboró” para que muchos detenidos fueran liberados y llevados al exterior. Su conocimiento excedía la simple intermediación; tal como lo explica Verbitsky en su libro El Silencio: Grasselli “se había mimetizado de tal modo con los integrantes de los grupos de tareas que debajo de la sotana calzaba un arma”.

Durante muchos años, El Silencio fue propiedad de Antonio Arbelaiz, administrador de la curia de Buenos Aires. La isla funcionó como sitio de excursión para sacerdotes y seminaristas de la Arquidiócesis de la Capital. En ese lugar fue visto en distintas oportunidades el arzobispo Juan Carlos Aramburu. En 1975, Grasselli compró la propiedad en asociación con tres personas más. Cuando fue cuestionado sobre la venta, redujo su propia participación en la operación a la de un mero gestor de buenos oficios. Sin embargo, las pruebas documentales que constan en el expediente iniciado en 1984 muestran, por el contrario, que formó parte de la sociedad compradora.

En 1979, Grasselli le vendió la isla al grupo de tareas 3.3.2. En la escritura figura como comprador Marcelo Camilo Hernández, un ex detenido-desaparecido que había sido liberado en enero de ese año. Tanto Grasselli como sus socios alegaron en instancias judiciales que en nombre de Hernández realizó la operación “un señor Ríos”, es decir, Jorge Radice, el responsable de los negocios inmobiliarios de la ESMA.
En una oportunidad, Verbitsky le preguntó a Grasselli si sabía que en la isla fueron llevados prisioneros de la ESMA a lo que él respondió: “No creo que sea posible, porque eran pisos de madera elevados. La casa era chiquita, muy incómoda, cómo van a tener gente ahí, que se puede escapar cualquiera. Además, no hay ninguna garantía de seguridad, ¿cómo los custodian? Y frente a la casa pasa la lancha colectiva, está muy a la vista”. Sobre eso concluyó Verbitsky: “Parece la reflexión de un carcelero, no la de un pastor”.