Condena para los cuatro imputados

Cuatro jefes de “Automotores Orletti”, el centro de detención ilegal creado por la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) para concentrar a los secuestrados del Plan Cóndor, de cooperación represiva entre las dictaduras de la región, fueron condenados a penas de prisión perpetua y de entre 20 y 25 años por el Tribunal Oral Federal 1.

Al cabo de nueve meses de audiencias, el tribunal condenó al general (r) Eduardo Cabanillas, que fue jefe del centro, a prisión perpetua; a 25 años de prisión a los ex agentes de la SIDE Eduardo Rufo y Honorio Martínez Ruiz, y a 20 años de prisión a ex integrante del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Raúl Guglielminetti.

Al jefe militar el tribunal lo encontró “partícipe necesario” penalmente responsable de cinco homicidios, 29 privaciones ilegales de la libertad y otros tantos casos de tormentos; en tanto Ruffo y Martínez Ruiz fueron condenados por 65 secuestros y 60 casos de tomentos cada uno.

Guglieminetti, alias mayor Gustavino, fue por su parte condenado por 25 secuestros y 21 casos de torturas, en todos los casos agravados por tratarse de ex funcionarios públicos.

El centro clandestino Automotores Orletti, ubicado en un taller mecánico en Venancio Flores 3521 del barrio porteño de Floresta, funcionó durante 1976 bajo el mando del entonces jefe de la SIDE, general Otto Paladino, en coordinación con el Ejército y miembros de las fuerzas armadas uruguayas. Por Orletti pasaron más de 300 personas, entre ellas un grupo de ciudadanos uruguayos a quienes se los secuestró para robarles un botín de 10 millones de dólares que luego fue repartido entre la SIDE y el grupo de tareas que intervino en el operativo.

Este juicio es el primero desde la reapertura de las causas en el que se juzgaron hechos que corresponden a la coordinación represiva entre fuerzas de la Argentina y del Uruguay en el marco del Plan Cóndor. El CELS fue querellante en la causa y patrocinó a las familias de Marcelo Gelman, María Claudia Irureta Goyena y Guillermo Binstock.

El comodoro (re) de la Fuerza Aérea Néstor Guillamondegui, fue apartado del juicio por problemas de salud y el ex coronel Rubén Víctor Visuara murió en el transcurso del proceso.

Alegatos

Mañana, viernes 18 de febrero, a partir de las 10 hs. el CELS comenzará su alegato en esta causa.

Luego de seis meses de audiencias testimoniales, la semana pasada comenzaron los alegatos. Hasta el momento, tuvieron lugar los alegatos de las querellas representadas por Gonzalo Romero y por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

Continúan las audiencias testimoniales

En la audiencia de hoy, Ernesto Salvo Sánchez relató que su hermana, Ana María Salvo, junto a Alicia Cadenas, fueron secuestradas de su departamento en Buenos Aires, en julio de 1976. Él no estaba allí, pero cuando se dio cuenta que Ana María no había concurrido al trabajo y que no se había comunicado con la familia, se dieron cuenta de lo que había sucedido. Refirió también que junto a sus compañeros de militancia en el Partido para la Victoria del Pueblo tenían miedo de que hubiera otra redada en el marco de la operación, por lo que nunca más volvió a su domicilio.

También recordó las circunstancias vividas posteriormente y los motivos por los que se exilió. Explicó que su madre viajó desde Uruguay a Argentina y gestionó ante el ACNUR que le otorgaran estatus de refugiado, lo que le permitió viajar a Austria en septiembre del mismo año. Su madre, además, realizó gestiones para encontrar a Ana María, incluso visitando cementerios y yendo a lugares donde se sabía de la aparición de cuerpos sin identificar.

Ernesto contó que a fines de 1976 su hermana apareció viva en Uruguay, aunque luego permaneció detenida varios años más.

Las audiencias testimoniales continuarán el 10 de noviembre, con las declaraciones de Rosa Zlachvsky y de la perito calígrafo Mabel Marum.

“Era parecido al infierno de Dante”

Hoy declararon Laura Anzalone y José Félix Díaz, quienes fueron secuestrados la noche del 13 de julio de 1976 y permanecieron en cautiverio en Orletti y en distintos locales de Uruguay. Al momento del secuestro estaban con su sobrino, Ernesto, de casi dos años; el grupo de militares argentinos y uruguayos que irrumpió en su domicilio se los quitó, diciéndoles que lo iban a entregar a su familia. En realidad, Ernesto fue entregado a una comisaría y luego a un hospital de la zona, y la madre de Laura tuvo que hacer numerosas gestiones para poder recuperarlo.

Camino a Orletti, tanto Laura como Félix recordaron que sus secuestradores se comunicaron por radio y que escucharon el ruido de una cortina metálica cuando arribaron. Luego Laura explicó que estuvieron tirados en el piso de una sala grande donde había otros autos y rememoró que varias veces los encendían, intentando tapar los gritos cuando torturaban a alguien. Félix dijo que con el mismo fin ponían música a volumen muy alto. Cuando llevaron a Laura al primer piso, uno de los militares uruguayos se identificó como Manuel Cordero, le dijo que “no le importaba porque no tenía información” y la golpeó. Félix también contó que cuando lo llevaron arriba para ser torturado le dijeron que lo iban a “mandar con San Pedro” y refirió que Orletti en general “era parecido al infierno de Dante, era presión permanente, amenazas continuas”. Entre los represores argentinos, Laura recordó los sobrenombres “jovato”, “pájaro” y “zapato”.

Una vez en Uruguay, estuvieron detenidos en una casa en Punta Gorda y luego en la sede del SID, en Boulevard Artigas y Palmar, donde permanecieron hasta diciembre del mismo año. Allí, Laura vio a una mujer embarazada que luego supo que era María Claudia Irureta Goyena, quien dio a luz mientras estaba en cautiverio. También vio niños que luego reconoció como Anatole y Victoria Julien.

“Hace 34 años que espero este momento”

Hoy declararon Juan Gelman y Marisa Segal.

Juan describió la larga investigación llevada a cabo junto a su segunda esposa, Mara La Madrid, para encontrar a su nuera, María Claudia Irureta Goyena, y al niño o niña que había dado a luz en cautiverio. El 24 de agosto de 1976 María Claudia fue secuestrada junto a Marcelo Gelman, Nora Eva Gelman –hija también de Juan- y su novio, de nacionalidad boliviana. A partir de allí, la familia presentó varios hábeas corpus y Juan realizó diversas gestiones en el exterior, contactándose con gobiernos y políticos europeos y pidiéndoles su intervención.

La investigación lo llevó a establecer que su hijo y su nuera fueron secuestrados y asesinados, él en Argentina, ella en Uruguay, todo como parte del Plan Cóndor. Nora y su novio fueron liberados pocos días después del secuestro. A partir de 1997, Juan y Mara intensificaron la búsqueda de su nieta, consultando los archivos de la CONADEP y del CELS, entre otros, y contactándose con varios sobrevivientes, entre ellos, Adriana Calvo, Sara Méndez y Alvaro Nores. Esto les permitió comprobar que María Claudia había pasado por Orletti y por la sede del SID en Montevideo.

Además, Juan explicó que, a través de un colega periodista, pudo acceder a fragmentos de un sumario militar de 1977 en el que se investigaba un secuestro extorsivo llevado a cabo por el grupo que comandaba Aníbal Gordon. Las declaraciones allí contenidas (de Nieto Moreno, Cabanillas, Ruffo, Martínez Ruiz, entre otros) lo llevaron a establecer el organigrama y la cadena de mando de Orletti, tanto de los grupos orgánicos como de los inorgánicos. Explicó que surge que por orden de Otto Paladino se constituyó la OT-18, dependiente del departamento de operaciones tácticas 1, también que el personal llamado inorgánico era dirigido por Gordon y que la cadena de mando militar incluía a personal de la SIDE, entre ellos Ruffo y Juan Rodríguez. La OT-18 dependía primero de Guillamondegui y luego de Calmon y Cabanillas quienes, a su vez, estaban bajo las órdenes de Visuara, jefe del Departamento de Operaciones Tácticas. También surge que la OT-18 funcionó en la calle Bacacay y luego en la calle Venancio Flores, es decir, se trataba del centro clandestino de detención y tortura hoy conocido como Automotores Orletti.

En 1999, en este punto de su investigación, Juan escribió una carta abierta, publicada en Página 12, dirigida al general Balza y señalando que tenía bajo su mando inmediato al responsable mediato de la desaparición de su hijo, de su nuera, y del robo de su nieto o nieta. Esto provocó una respuesta del entonces general de división Cabanillas, quien manifestó en una entrevista que negaba estar involucrado en el caso y que los “grupos operativos” tomaban declaración a las personas que detenían y luego la ponían a disposición de la justicia. Juan explicó que finalmente, Cabanillas fue retirado del ejército por haber repartido libros que reivindicaban la dictadura.

Juan también relató que un gestor del Ministerio de Justicia, de nombre Carlos, le dijo que quería ayudarlo en su investigación y que tenía contacto con Ruffo, a quien podía preguntarle al respecto. Así pudieron confirmar lo que su investigación ya estaba arrojando: que una mujer embarazada había dado a luz durante su cautiverio en el SID y que María Claudia había sido vista en Orletti y en el SID.

Finalmente, en noviembre de 1999, una pareja de vecinos de quienes criaban a su nieta, se contactó con Juan y le comentó sobre la aparición de la bebé en el barrio. Monseñor Galimberti actuó entonces como intermediario y posibilitó el encuentro de Juan con su nieta, Macarena Gelman.

Al concluir su declaración, Juan se refirió al juicio, expresando “hace 34 años que espero este momento”.

Por su parte, Marisa Segal declaró con respecto al secuestro y desaparición de su hermana, Carolina. Explicó que en la madrugada del 19 de agosto sufrieron un allanamiento en su casa, donde vivía junto a sus padres y a su hermano menor. Marisa contó que el grupo traía a un muchacho esposado, muy golpeado y con una venda en la cabeza, que lo pararon frente a ella y le preguntaron si era Carolina, lo que él negó con la cabeza. Luego los interrogaron reiteradamente con respecto a su hermana, quien ya no vivía allí. La persona que daba las órdenes dijo que se llevarían su hermano para buscarla, entonces su padre pidió que no lo hicieran y dijo que él iría. Unas horas después su padre regresó, trayendo al hijo de Carolina, José, de 4 meses de edad. La testigo también relató que al día siguiente una persona volvió a su casa para buscar una pequeña libreta de direcciones de Carolina.

Marisa refirió que ese día desaparecieron de su casa, en Villa Urquiza, Carolina y su marido, Néstor, y que desde entonces sus padres trataron por todas las vías de descubrir su paradero. Unos días después se enteraron de la desaparición de compañeros de Carolina del Colegio Nacional Buenos Aires, Marcelo Gelman y Guillermo Binstock.

Marisa también expresó que “la falta de claridad y transparencia en los hechos, la falta de saber, del beneficio de la justicia y del beneficio de la certeza nos carga hasta el día de hoy, la incapacidad de comprender la enormidad de lo que nos ocurrió personalmente y de lo que nos imaginamos que le pasó a mi hermana y a los compañeros (…) es algo que nos preguntamos toda una generación intermedia, que tuvimos que vivir los años del proceso, como militantes, como estudiantes”, “perdí mi país, me separé de mi país, y hasta el día de hoy mantengo una relación ambivalente con Argentina”.

“Mi obsesión era que me maten, no quiero que me torturen, no quiero estar acá”

Hoy declaró Judith Jacubovich, secuestrada a fines de agosto de 1976 y mantenida en cautiverio en Automotores Orletti durante 24 horas. Por primera vez después de 34 años Judith pudo relatar su historia ante un tribunal.

Comenzó explicando que cuando estudiaba en el Magisterio “Estados Unidos”, en el Partido de San Martín, una mañana vio entrar a un grupo de militares. Como tenía compañeros de militancia del Colegio Nacional Buenos Aires que estaban desaparecidos, se dio cuenta lo que estaba sucediendo y se fue de allí. La misma tarde, mientras trabajaba en un negocio de ropa, un grupo de personas la agarró y la metió a un coche. Entonces se dirigieron a una casa, la allanaron y secuestraron a otra persona. Judith explicó que no podía ver, pero cree que a esa persona la llevaron en otro automóvil que iba detrás.

Una vez en el centro de detención, la metieron en una habitación, con los ojos vendados. Allí se encontró con Guillermo Binstock, quien le dijo que se podía sacar la venda y con quien pudo hablar. Judith recordó: “yo, como él, estaba aterrorizada (…) yo misma me volví a poner la venda, tenía pánico de que llegaran y me vieran sin la venda”. También había en la habitación una pareja que estaba en muy mal estado, abrazados, Guillermo le dijo que los habían reventado. Más tarde hicieron entrar a otro muchacho, estaba en “un estado deplorable y quedó contra la pared, tirado en un rincón”.

Judith siguió relatando que en un momento la sacaron para interrogarla, la desnudaron y la torturaron mientras le hacían preguntas sobre gente que conociera de la militancia. Rememoró que: “había hombres, me daba la sensación que era una sala grande y (…) hacían bromas, gritaban entre ellos mientras me torturaban y me preguntaban”. Fue llevada después a una oficina y le sacaron la venda, y una persona le decía que marcara en el mapa dónde vivía su novio. Finalmente la llevaron nuevamente a la habitación donde había estado y ahí pasó la noche: “intentaba dormir para no pensar”, “mi obsesión era que me maten, no quiero que me torturen, no quiero estar acá”. Más tarde, Guillermo y Judith fueron llevados al garage. A Guillermo le dijeron que lo iban a matar y a Judith que la liberarían. La trasladaron en un auto y la dejaron bajar en algún lugar del oeste de la provincia de Buenos Aires, diciéndole que no mirara atrás. Durante el tiempo que estuvo detenida, a Judith no le dieron comida o bebida y tampoco pudo ir al baño.

Judith también refirió que al poco tiempo las casas de sus familias fueron allanadas nuevamente y que ella se exilió en España junto a su novio, Daniel Schiavi. Luego de 24 años sin saber adónde había estado, la primera vez que volvió a Buenos Aires, describió su historia y pudo enterarse que había estado en Orletti.

“Él guardó silencio para proteger mi estabilidad emocional, para proteger mi infancia”

En la audiencia de hoy, Victoria Larrabeiti Yáñez testimonió con respecto al secuestro y desaparición de su madre, Victoria Grisonas, y sobre el asesinato de su padre, Roger Julien. En ese entonces ella tenía un año y medio, mientras que su hermano, Anatole, tenía cuatro.

Victoria relató que hace unos años tuvo un encuentro con Francisco, un vecino de la zona donde vivían sus padres, que los conocía de aquella época. Él le contó cómo eran sus padres y relató que presenció, en septiembre de 1976, un operativo de gran magnitud en el domicilio de sus padres. Le explicó también que vio cómo golpeaban y apuntaban armas a su madre, a plena vista, hasta que alguien avisó que su padre había muerto y que la necesitaban viva. Además, le refirió que vio que a ella y a su hermano los llevaron a una estación de servicio cercana y que él se acercó porque quería hacerse cargo de ellos hasta que sus familiares los fueran a buscar, pero no se lo permitieron y le dijeron “que ellos se iban a hacer cargo”.

Victoria también explicó que tanto ellos como su madre fueron llevados a Orletti y luego trasladados a Uruguay, donde siguieron en cautiverio en la sede del SID, en Boulevard Artigas. Luego de ser transportada en el “segundo vuelo”, su madre habría sido fusilada. La testigo relató que finalmente los llevaron a Chile, señalando que “en ningún momento se nos piensa devolver a la familia que quedó (…) la cosa era separarnos definitivamente de cualquier contacto con la familia de origen (…) ya sea para lucrar a través de nosotros o para deshacerse de los que después pudieran ser prueba”. En Chile, una persona que Anatole recordaba como la “tía Mónica” los abandonó en la plaza O´Higgins, donde fueron encontrados por las autoridades chilenas y llevados a un orfanato. Luego de un tiempo, el matrimonio Larrabeiti Yáñez decidió asumir la adopción de los dos niños.

Victoria siguió relatando que, en 1979, la búsqueda y denuncias que su abuela paterna, Angélica Julien, había realizado en muchos países sudamericanos, finalmente dio resultados. Por la trascendencia mediática que había tenido la aparición de ambos niños en la plaza, una persona que vio fotos de ellos se contactó una organización de derechos humanos y su abuela los encontró. Se contactó con los Larrabeiti Yáñez y, poco a poco, empezaron a retomar el contacto: “hubo voluntad de ambas partes de que nos quedáramos con mis padres adoptivos y visitáramos a nuestros abuelos y tíos todos los años”.

Victoria también contó las consecuencias psicológicas padecidas en su infancia, adolescencia y hasta el día de hoy, por todo lo vivido junto a Anatole, destacando que durante mucho tiempo “él guardó silencio para proteger mi estabilidad emocional, para proteger mi infancia (…) un niño de 4 años con la capacidad emocional para seguir protegiendo a su hermanita”. Recordó que unos años más tarde, cuando viajó por primera vez a visitar a su familia a Uruguay, “fue un golpe bastante fuerte (..) me entero de lo que son torturas, privación de libertad, actos aberrantes (…) ahí se genera un antes y un después en mi crecimiento psicológico y emocional.”

Continúan las audiencias testimoniales: declararon dos hijos de desaparecidos

Hoy declararon Anatole Larrabeiti Yáñez, Joaquín Castro y Pablo González.

Anatole relató su historia, a partir del asesinato de su padre, Roger Julien, y el secuestro y desaparición de su madre, Victoria Grisonas, en septiembre de 1976, cuando él tenía cuatro años. Explicó que tiene recuerdos, imágenes, de diferentes momentos. Recuerda a personal militar disparando, después apuntado a sus padres que estaban tendidos boca abajo en el piso, y luego a alguien que alzó a su hermana, Victoria Larrabeiti Yáñez, en brazos y lo tomó a él de la mano. Más tarde en el tiempo, rememora un lugar cerrado donde estaban bañanado a su hermana, de un año y medio, y un grupo de gente estaba muy pendiente. También tiene la imagen de una habitación de hotel donde jugaban en la alfombra con su hermana y una señora, y la de un avión pequeño y la vista de las montañas a través de la ventana. Anatole contó que buena parte del tiempo los cuidó una señora que identificó como “tía Mónica”.

Anatole y Victoria fueron llevados al CCDT Automotores Orletti junto a su madre, luego trasladados a Montevideo donde estuvieron en la sede del SID y, finalmente, abandonados en una plaza de la ciudad chilena de Valparaíso. Al encontrarlos, las autoridades chilenas los ingresaron en un orfanato, y posteriormente fueron adoptados por el matrimonio Larrabeiti Yánez. En 1979, su abuela paterna, Angélica Julien, después una intensa búsqueda por Sudamérica, logró encontrarlos gracias a una mujer chilena que reconoció la foto de los niños que circulaba en Venezuela y se contactó con organismos de derechos humanos. A partir de ese momento, Anatole y Victoria han compartido su vida tanto con su familia de origen, como con sus padres adoptivos.

Pablo González reconstruyó lo sucedido a partir del 26 de agosto de 1976, cuando fueron secuestrados sus padres, Ubaldo González y Raquel Mazer, a través del testimonio de sus abuelas y de una amiga de la familia, Rosa Slachevsky. Explicó que él tenía dos años cuando vivían junto a su madre en la casa de Rosa, que esa noche fue allanado por personal que se identificó como policía y que al mismo tiempo allanaron las casas de sus dos abuelas. Entonces fueron detenidas Rosa y su madre. Su padre, en cambio, fue detenido en la vía pública, al salir del trabajo. Los tres fueron llevados a Autmotores Orletti.

Rosa fue liberada dos días después. Su hijo Luciano había sido llevado junto a Pablo al orfanato María del Pilar Borchez de Otamendi. Su abuela y su tía se enteraron dónde estaba por alguien que se los dijo a través del portero eléctrico y entonces pudieron ir a retirarlo. Posteriormente, su abuela Sofía presentó hábeas corpus y realizó diversas gestiones ante el Ministerio del Interior, el nuncio apostólico, la policía federal, así como en los organismos de derechos humanos. Pablo entregó al Tribunal una carpeta con documentación reunida por su abuela.

A su turno, Joaquín Castro, vecino de la zona donde se desarrolló el operativo en el que fue secuestrada Victoria Grisonas y asesinado Roger Julien, testimonió lo que recordaba de aquél día. Explicó que escuchó explosiones y vio una tanqueta del ejército estacionada en la calle, “parecía un barrio tomado, cortaron la energía eléctrica (…) y se seguían produciendo explosiones, tiros”. Quiso salir a la calle a ver qué sucedía, pero las fuerzas militares lo echaron del lugar. Desde su azotea siguió escuchando los disparos y vio correr un grupo de personas y “sobre la marcha sentimos las ráfagas de fuego”. El testigo relató que su esposa vio que a los dos niños que vivían en la casa donde estaba apuntado el operativo se los llevaron las fuerzas armadas, mientras se referían a su madre de manera insultante. Los días posteriores el domicilio fue ocupado por policías bonaerenses.

“Todo en ese lugar era tan miserable como las personas que estaban adentro dirigiéndolo”

Hoy declararon Adriana Gladys Cabrera Estévez, Raúl Altuna Facal y Amílcar Santucho.

Adriana relató que su padre, Ary Cabrera Prates, fue secuestrado el 5 de abril de 1976 y que, a través del testimonio de Juan Ignacio Azarosa y de la investigación de la Comisión para la Paz en Uruguay, se pudo determinar que estuvo en cautiverio en una casa ubicada en la calle Bacacay. Allí fue sometido a tormentos en repetidas oportunidades y finalmente asesinado por Aníbal Gordon. El informe de la Comisión para la Paz también determinó que la casa de la calle Bacacay dependía del grupo de operaciones tácticas 18, el mismo que actuó en Orletti. Lo único que supo posteriormente sobre el destino de Ary es que podría haber sido trasladado a Campo de Mayo, según el testimonio de Acilú Maceiro.

Posteriormente, Adriana se refirió al secuestro y detención de quien era entonces su marido, Eduardo Deán Bermúdez. El 13 de julio del mismo año, por la noche, Eduardo fue detenido junto a Ana Inés Quadros cerca de Boedo y Carlos Calvo. La testigo, que lo esperaba cerca esa noche, contó que en determinado momento la gente se empezó a acumular en la esquina porque habían sido detenidas varias personas, y que años después supo que Eduardo había intentado escapar y lo habían golpeado. Luego vio pasar un grupo de militares en combis y Ford Falcon. Adriana relató que luego se quedó en diversos lugares hasta que a fines de octubre se refugió en Suecia. Allí pudo conversar con otras personas que habían estado en cautiverio y empezar “a reconstruir ese rompecabezas que era qué es lo que estaba pasando con los detenidos”. Luego de pasar por Orletti y ser trasladado a Montevideo en el denominado “primer vuelo”, Eduardo fue trasladado al penal de Libertad.

Raúl Altuna relató detalladamente las condiciones de detención que padeció desde ese mismo 13 de julio. Explicó que esa noche un grupo de personas vestidas de civil y portando armas ingresó al domicilio donde vivía junto a su esposa, Margarita Michelini Delle Piane, y su hijo Pedro, de 18 meses de edad. Recordó: “Yo atiné a rescatar a mi hijo de la cuna, que estaba frente a la puerta (…) me empezaron a golpear con mi hijo en brazos.” Raúl y Margarita fueron secuestrados, pero antes pudieron dejar a Pedro con un vecino y unos días después lo fue a buscar la mamá de Margarita.

El testigo contó que cuando llegaron lo tiraron en el suelo en un lugar donde había un grupo de personas cuyas voces empezó a reconocer como amigos, entre ellos León Duarte, Eduardo Deán Bermúdez, Sergio López y rememoró que “la gente subía, bajaba, la torturaban, todo esa primera noche”. Explicó después que cuando él les dijo que su suegro era Zelmar Michelini, lo llevaron aparte y lo interrogaron sobre su muerte, diciéndole que “esto no tiene nada que ver”. Allí estaba Gavazzo, a quien Raúl describió como “un tipo bastante ególatra, le gustaba mucho que hablen de él, tenía sueños de ser general”. Otro militar uruguayo, Gilberto Vázquez, también le dijo que se olvidara del tema de Zelmar y le refirió: “nosotros no matamos presos, hacemos trabajo de inteligencia, no somos como los argentinos”. Siguió recordando: “así fueron transcurriendo las horas y los días, que son muy difíciles de cuantificar”, “en quince días debo haber bajado diez o doce kilos, ni agarrando el pantalón con las manos lo podía sostener”, “todo en ese lugar era tan miserable como las personas que estaban adentro dirigiéndolo y haciéndose cargo de todo”. Entre los argentinos que actuaban en Orletti mencionó a “grumete”, “zapato”, “pajarovich” y “ronco”. Finalmente, a fines de julio fueron llevados en un furgón hasta el avión de PLUNA que los trasladó a Montevideo. En Punta Gorda y en Boulevard Artigas siguieron los interrogatorios y torturas hasta que en octubre fueron “blanqueados”, permanecieron detenidos hasta 1981 y bajo libertad vigilada tres años más.

A su turno, Amílcar contó que su tío, Carlos Santucho, fue secuestrado de su trabajo, adonde lo fueron a buscar con la excusa de resolver algún problema menor. Contó también que el jefe de Carlos quiso hacer una denuncia en una comisaría cercana y no se la tomaron. Explicó, finalmente, que su detención se dio en un contexto en el que toda la familia estaba expuesta “por la portación del apellido”.

“Manuela, Cristina y Raquel fueron personas valientes, libres (…) están desaparecidas y los responsables impunes… para ellas, mi homenaje…”

Hoy declararon José Luis Méndez Méndez y Adriana Calvo

Méndez Méndez explicó que desde 1984 investiga el secuestro de sus compatriotas cubanos, Cresencio Hernández y Jesús Cejas, por encargo de la Unión Nacional de Juristas de Cuba y de la Sociedad Cubana de Derecho Internacional, luego que los familiares de ambos diplomáticos solicitaran la búsqueda de sus restos.

Explicó que una de las primeras pistas que siguió fue a partir de la declaración de Alberto Martínez, quien dijo haber conocido la presencia de diplomáticos cubanos en Orletti a través del imputado Raúl Guglielminetti, quien le refirió que fueron torturados, asesinados y colocados en tambores que fueron tirados al Río Luján. Ante esto, investigaron si alguno de los cuerpos hallados en tambores en el Canal San Fernando correspondía a Hernández o Cejas, con resultados negativos. También relató que siguieron una pista dada por Vaello, que dijo que los cubanos “fueron enterrados en un predio en Florencio Varela” y que luego de dos años de excavación (2006-2007) llegaron a la conclusión, junto al EAAF, que la información era falsa. En la actualidad sigue investigando la posibilidad que hayan sido arrojados al río en tambores, teniendo en cuenta contradicciones entre los informes realizados sobre los cuerpos en 1976 y luego que fueron exhumados.

El testigo también relató que de la información recopilada por la embajada en la época de los hechos surge que los jóvenes fueron secuestrados el 9 de agosto de 1976, entre las 5 y las 6 de la tarde, en la intersección de Arribeños y La Pampa, que fueron interceptados por un grupo de aproximadamente 20 personas, vestidas de civil y armadas, y que tenían autos Ford Falcon y una ambulancia. Asimismo, pudo confirmar al entrevistarse con Manuel Contreras Sepúlveda que el agente de la DINA chilena, Michael Townley, había participado del interrogatorio en Orletti, según le había referido Otto Paladino. Presuntamente, Cejas y Hernández fueron finalmente desaparecidos el 17 de agosto de 1976, y al día siguiente la embajada cubana en Buenos Aires recibió un sobre con sus credenciales y una carta apócrifa en la que supuestamente habían escrito que manifestaban su interés de permanecer en Argentina. El análisis criminológico y grafológico comprobó que fueran escritas bajo presión, utilizando expresiones poco comunes, lo que los llevó a concluir que era una maniobra para evitar una investigación al respecto. El mismo 18 de agosto, explicó Méndez Méndez, la Dirección de Inteligencia de la Superintendencia de Seguridad Federal emitió un documento que, refiriéndose a una valija y a la embajada cubana, dice que la información fue obtenida por “propios medios”, lo cual sugiere que hubo un interrogatorio.

Méndez Méndez también explicó que este secuestro se dio en un contexto de violencia contra la embajada cubana, y que una serie de eventos similares arroja una cifra total de doce argentinos desaparecidos, además de los dos cubanos y que, en parte, esto se debía al refugio concedido a los familiares de Santucho. De este modo, las investigaciones conducidas por el testigo lo han llevado a apreciar que el secuestro fue motivado por el clima de hostilidad descripto, por el seguimiento que se hacía con relación a la actividad de los cubanos radicados en la embajada, y por el asilo político brindado.

Adriana Calvo brindó un emotivo testimonio en el que relató las condiciones de su detención en cuatro locales diferentes, y las circunstancias en las que conoció a Manuela Santucho, a Cristina Navajas y a Alicia Raquel D´ambra. Al respecto, Adriana aclaró en primer lugar que “las compañeras Santucho y Navajas fueron secuestradas del mismo lugar, el mismo día y a la misma hora que Raquel D´ambra; las tres pasaron exactamente por los mismos lugares, los mismos días (…) torturadas de las misma manera, sin embargo, Raquel D´ambra no ha sido parte de ninguno de los juicios” y reclamó al Tribunal que tomara medidas al respecto: “para mi es muy importante pedirle al Tribunal que ponga fin a este grado infinito de injusticia, 34 años después, que sigan olvidando que Alicia Raquel D´ambra estuvo secuestrada en Automotores Orletti”

Adriana explicó que fue detenida ilegalmente en La Plata el 4 de febrero de 1977 y que luego de ser llevada a diversos locales, llegó al Pozo de Banfield el 15 de abril de ese año. En el camino había dado a luz a su hija, Teresa.

Adriana relató que de un lado del pasillo estaban las mujeres y del otro los hombres y que existía un método de comunicación entre las detenidas, con golpes en las paredes. Como la dejaban salir una vez al día para ir al baño con su bebé, pudo transitar por distintos calabozos y estar en contacto con todas las mujeres que estaban allí y que la ayudaron a cuidar y proteger a Teresa. Recordó que: “los guardias se mostraban a cara descubierta, que no era buen indicio para nadie”. Explicó que pudo pasar 24 ó 48 horas con Manuela, Cristina y Alicia, que estaban junto a Eloisa Castellini y Silvia Abalenzi, que acababan de ser madres, recordando que sus hijas continúan desaparecidas o apropiadas. Adriana rememoró que Manuela, Cristina y Alicia le relataron que habían llegado allí en los primeros días de diciembre, que fueron secuestradas el 13 de julio de 1976 en un departamento de la calle Warnes, donde vivía Cristina, que fueron llevadas a un primer centro clandestino de detención, Automotores Orletti, donde estuvieron aproximadamente una semana y que le dieron bastante detalle sobre las terribles torturas a las que fueron sometidas las tres, incluyendo que Manuela fue obligada a leer la noticia del asesinato de su hermano Roberto y que ese mismo día torturaron a su otro hermano, Carlos, hasta la muerte. Explicó también que le comentaron que luego fueron trasladadas a Campo de Mayo y que compararon “el interrogatorio sufrido en Orletti, realizado con el único objetivo de dar con el paradero de Roberto Santucho, y así brutal, tosco”, conducido por personal de la SIDE, con los interrogatorios en Campo de Mayo que “fueron hechos por oficiales de alto nivel del ejército argentino, con altísima preparación”. Destacó también que, si bien ellas no le contaron al respecto, existen testigos que las vieron en el centro conocido como Proto Banco.

En particular, Adriana rememoró que, si bien hay testimonios que dan cuenta que Cristina estaba embarazada antes de que ella llegara a Banfield, en ningún momento se lo mencionó: “creo que fue una muestra más de la grandeza y la solidaridad de la que pueden ser capaces los seres humanos, en particular, Cristina, que si me contaba su parto, tal cual lo habían hecho las otras dos chicas, yo estando con mi beba en brazos, evidentemente iba a temer que mi beba corriera la misma suerte. Lo que ella eligió fue no decirme, este es el convencimiento que yo tengo hoy (…) fue una decisión de Cristina Navajas, muy valiente y muy valiosa”

Luego Adriana relató que el 25 de abril de 1977 se llevaron prácticamente a todos los hombres y mujeres, incluidas Manuela, Cristina y Alicia. “A partir de ese traslado no se supo nunca más nada de ninguna de ellas”

Adriana concluyó su testimonio con una conmovedora manifestación acerca de los tormentos sufridos durante la detención clandestina y cómo, aún allí, encontró lo mejor de los seres humanos: “era un círculo del infierno que ni siquiera Dante imaginó”, pero “fui testigo también de los actos más sublimes, excelsos y grandiosos de lo que puede ser un ser humano. Cómo se entiende si no que después de tantos días sin comer me dieran su ración de comida a mi, que después de lo sufrido, tuvieran siempre palabras de aliento y tranquilidad para las demás, cuál otra respuesta es posible para el motín que organizaron Manuela y Raquel cuando (…) pretendieron sacarme a Teresa de los brazos (…) eran 20 personas, 20 leonas que formaron una pared humana infranqueable para estos asesinos (…) ese rugido gritando ´no se la lleven´ no lo podré olvidar jamás (…). Manuela, Cristina y Raquel fueron personas valientes, libres (…) están desaparecidas y los responsables impunes… para ellas, mi homenaje…”