Justicia para Mónica y el legado de su padre

Más de cuarenta años después de los hechos, el 29 de noviembre el largo proceso de verdad y justicia por los crímenes cometidos en la Esma dio lugar a una sentencia histórica. Entre las víctimas se encuentra Mónica Mignone, secuestrada por las Fuerzas Armadas en mayo de 1976. Su padre, Emilio Mignone, se volcó a la militancia por los derechos humanos y desarrolló una obra que lo trascendió.

El 14 de mayo de 1976 Mónica Mignone fue secuestrada de su domicilio por un grupo que se identificó como perteneciente a las Fuerzas Armadas. Tenía 24 años, era psicopedagoga y trabajaba en la villa del Bajo Flores. Desde su desaparición, Emilio y Chela Mignone realizaron innumerables gestiones ante autoridades eclesiásticas, militares y judiciales para conocer el paradero de su hija. Algunos años después del secuestro, por testimonios de sobrevivientes, se llegó a saber que Mónica estuvo detenida ilegalmente en la Escuela de Mecánica de la Armada. Su caso fue juzgado por primera vez en el marco de la causa Esma Unificada, que terminó esta semana con 29 condenas a prisión perpetua, 9 condenas a penas entre 8 y 25 años, y 6 absoluciones. La tragedia de su desaparición obtuvo finalmente justicia después de más 40 años, pero además gestó a uno de los más lúcidos activistas del movimiento de derechos humanos de Argentina y de la región, Emilio Mignone, cuyo legado trasciende esta histórica sentencia de la que no pudo ser testigo.

En el camino de búsqueda de verdad, justicia y reparación por la desaparición de su hija, Emilio fue comprendiendo la dimensión colectiva de la tragedia y compartiendo espacios de denuncia y de lucha con otros familiares. Así fue que comenzó su militancia en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), y que decidió fundar unos años después el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), con el propósito de apoyar y acompañar el trabajo de las madres y las abuelas para quienes su casa fue siempre un refugio y él una contención en los momentos más desoladores.

Junto a Augusto Conte, comprendieron y denunciaron el sistema del terror de la última dictadura militar en un texto escrito en 1981, “La doctrina del paralelismo global”, que sigue asombrando por su anticipación y lucidez. Conocedor de la burocracia estatal, Emilio instó siempre al CELS y a los familiares a denunciar judicialmente las desapariciones, a presentar peticiones y solicitar información en diferentes ámbitos oficiales, incluso en plena dictadura. Estaba convencido de que la memoria institucional de esas intervenciones sería un registro útil en momentos favorables a la investigación de las violaciones. Buscó permanentemente utilizar todos los recursos institucionales, tanto los nacionales como los internacionales, para denunciar, hacer conocer y documentar los métodos represivos que caracterizaron el terrorismo de Estado.

Luego de las leyes de impunidad y los indultos, cuando el desánimo dominaba el horizonte, Emilio advirtió las posibilidades abiertas por la confesión del capitán de la Armada Adolfo Scilingo, y solicitó la reapertura de las investigaciones judiciales en base al reconocimiento del derecho a la verdad y el duelo que tenían los familiares y la sociedad toda. Logró transformar esta estrategia en un motor, los juicios por la verdad, que volvieron a agitar la conciencia colectiva por la confrontación pública con los crímenes cometidos y reimpulsaron la demanda de justicia. Una conferencia anual del Centro Internacional por la Justicia Internacional de Nueva York lleva el nombre de Emilio.

Además de ser un actor central del proceso de rendición de cuentas en relación con nuestro pasado reciente, que aún hoy distingue a Argentina en el mundo, Emilio pensó siempre en la importancia de tener organismos fortalecidos para luchar por la defensa de los derechos humanos en democracia. Se preocupó por construir una organización ajustada a principios, técnicamente sólida, eficaz en su labor y reconocida socialmente a nivel nacional e internacional, y por extender y diversificar su base de apoyo convocando a personalidades destacadas de distintas ideologías y extracciones políticas “pero unidas en la defensa efectiva de la dignidad de la persona humana y de la convivencia democrática” según escribió en un documento interno de junio de 1994 en el que proyectó un CELS que lo trascendiera como fundador, con la extraordinaria generosidad y el compromiso social que siempre lo caracterizaron

El secuestro y desaparición de su hija, que lo volcó a la militancia por los derechos humanos, recorrió todo el extenso camino del proceso de verdad y justicia: fue presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1977, incluso antes de la histórica visita de la CIDH a nuestro país; frente la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep); en el Juicio a las Juntas; en los juicios por la Verdad; y finalmente en la causa Esma Unificada. Más de cuarenta años después de iniciada la búsqueda de Mónica, la sentencia del caso ESMA cierra un círculo. Alcanzar la justicia por los crímenes de la dictadura significa para el CELS concretar su primer mandato institucional pero su misión no concluye ahí. Los desafíos del presente nos obligan a redoblar esfuerzos y repensarnos una vez más para seguir siendo una herramienta vital en procura de una democracia con vigencia plena de los derechos humanos.

 

Nota publicada en el diario Perfil.