“Quedamos muy pocas madres y abuelas, pero estamos tranquilas porque tenemos una juventud maravillosa a la que le estamos pasando la posta. Pero ojo, que esa posta la pasamos de a poquito porque a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”. La voz de Taty, fuerte y firme, aún resuena desde el escenario. Inconfundible, sonriendo con todo el cuerpo, con el presente a los 30 mil, así terminaba cada uno de sus discursos, ante miles de personas cada 24 de marzo, en un recital de cumbia o en el aula de una escuela. Un mensaje de esperanza, pero también consciente de la despedida. A los 95 años, murió Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora y, desde hace décadas, una de las referentas de pañuelo blanco.
Taty nació dos veces. La primera, como Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, el 28 de junio de 1930, dos meses y pico antes del primer golpe de Estado a un gobierno democrático en Argentina. La segunda, el 17 de junio de 1975, cuando su hijo, Alejandro Martín Almeida, fue secuestrado y desaparecido por la Triple A. “A Taty, a esta Taty, la parió Alejandro”, solía repetir mientras se anudaba el pañuelo bordado sobre su pelo rojizo. Bajo este nombre la conoció el país y el mundo.
Es que desde aquella Lidia a esta Taty muchas cosas cambiaron. Lidia nació en el barrio de Belgrano y creció dentro de una familia militar: su padre, oficial de Caballería y su hermano, coronel. Sus hermanas se casaron con oficiales de Aeronáutica y los hermanos de su marido eran parte del Ejército. En medio de esa burbuja -como ella decía- flotaba cuando desapareció Alejandro.
Taty había estudiado magisterio, se había casado con Jorge Almeida y había tenido tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Fue docente por unos años, hasta que nacieron sus hijos e hija. “Nunca pensé que iba a seguir ejerciendo como maestra, maestra de la vida, con un pañuelo blanco en la cabeza”.
En 1970 Lidia se separó de Jorge y se quedó viviendo en el departamento de Palermo con sus hijos. Allí vio por última vez a Alejandro. Su hijo tenía 20 años, había trabajado como cadete en la Agencia Télam y por aquel invierno de 1975 cursaba su primer año de la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires y era auxiliar de archivo en el Instituto Geográfico Militar. Cuando fue secuestrado, militaba en el ERP 22 de agosto. Taty no lo sabía. Se enteró al día siguiente, cuando encontró una agenda de Alejandro en un placard. Allí también había un poema dedicado a su mamá. Una despedida.
Durante algún tiempo, Taty visitó obispos, videntes y, por supuesto, oficinas de altos mandos militares, los mismos que pocos meses después serían parte del plan sistemático de exterminio: Harguindeguy, Agosti, Galtieri, Camps. “A Harguindeguy lo fuimos a ver con uno de mis cuñados. Le conté que hacía días que mi hijo no volvía, le pedí si podía hacer algo. Y él me dijo ‘no podemos hacer nada, los culpables son los peronistas’. Y yo, gorila, por supuesto le creí”, recordaba y sus labios se afinaban en una mueca tensa. También solía contar, quizás como una forma de mostrar el camino de Lidia a Taty, lo que sintió el 24 de marzo de 1976: “Dije al fin se van estos negros de mierda, vienen mis conocidos y yo voy a recuperar a Alejandro”.
Pero el golpe no le devolvió a Alejandro. Por el contrario, la acercó a esas otras mujeres que, juntas, también buscaban a sus hijos e hijas desaparecidas. “Me costó mucho aterrizar y el aterrizaje fue forzoso. Me saqué la venda. Pero fue lo mejor que pude hacer: compartir, hablar el mismo idioma y ya no estar en soledad”, contó en el documental Historia de una Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
Finalmente, a fines de 1979 tomó valor. Dejó atrás el temor de ser señalada por su “currículum militar”, de creer que iban a pensar que era “una espía”. En la casa que las Madres tenían sobre la calle Uruguay la atendió María Adela Gard de Antokoletz. Las fotos de personas desaparecidas pegadas en la pared, la impactó. “Dios mío, no soy la única. Qué estúpida que fui”, dijo en voz alta y Adela le respondió algo que nunca iba a olvidar: “Cada madre se acerca cuando es su momento y este es el tuyo, Taty”.
Desde ese día, hizo de Madres su lugar para siempre, el pañuelo blanco y el prendedor con la imagen de Alejandro abrochado del lado del corazón la acompañaron a todos lados. Su tozudez y su energía, también.
En seguida se reconoció en las historias de Esther Sánchez y Nelly Stagnaro. Dentro de la organización, se nombraban como “las madres del 75” y, cada vez que podían, recordaban que “aunque después del golpe se hizo sistemático, el horror del terrorismo desde el Estado no empezó en el ‘76 sino en un gobierno constitucional aunque no democrático”.
Desde la desaparición de Alejandro, Taty convirtió el dolor individual en lucha colectiva. Y decidió transmitir su experiencia durante décadas y hasta el último día, en cada acto y en su programa de radio: “Yo siempre termino las charlas diciéndoles a todes que sigan luchando por lo que crean que es justo, que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Y que cuando estén caídos o cansados, repitan y digan bien fuerte: ‘Si las madres pudieron, por qué no, nosotros’”.
Foto: María Eugenia Cerutti
