¿Qué son 50 años?

En cinco décadas, historias de horror, hallazgos, silencios, apropiaciones que continúan, testimonios, resistencias, organización. Unas palabras en este aniversario de la dictadura.

50 años es un infinito. El número de chasis de un auto quemado que permaneció oculto todos estos años en plena Capital Federal llevó a que un señor cuente por primera vez que en 1976 fue secuestrado y torturado. Una medalla desenterrada por el EAAF en el circuito represivo de La Perla permitió que Graciela sepa dónde estuvo el cuerpo de su compañero Jorge. A partir de un resto óseo hallado en el mismo sitio, recién ahora podemos saber que una de las mellizas Carranza Gamberale, ambas secuestradas a los 18 años, estuvo ahí. Pero no alcanza para definir si es Adriana o Cecilia: a alguna de ellas encontramos, a alguna de ellas seguimos buscando. La secuela de la dictadura es una imagen fractal: cuanto más nos acercamos a cada historia, vemos en cada resto, en cada nombre, el horror completo.

50 años lleva el pacto de silencio. Los que implantaron la violencia masiva, clandestina e ilegal y todos sus cómplices, callan lo que saben hace cinco décadas: qué hicieron con el cuerpo de cada una de las personas secuestradas que permanecen desaparecidas y a quiénes les entregaron cientos de bebés para que se los apropiaran. Los hemos visto guardar su silencio miserable durante cientos y cientos de horas de juicios. No tenemos expectativa de que de pronto hablen, pero señalamos que son ellos los que esconden la verdad.   

50 años es la edad de los bebés apropiados. Les decimos nietos y nietas por la fuerza que las Abuelas le dieron a su búsqueda, pero hoy son adultos que permanecen sin conocer su origen y su historia. La identidad malversada se reproduce, es una cuestión urgente para ellas y ellos, para sus familias y para toda la sociedad. 

50 años de sobrevivientes. Quienes estuvieron detenidos-desaparecidos llevaron a través de cada una de estas décadas la memoria de su propia desaparición y de las de las y los compañeros que nunca volvieron a ver. Su capacidad para recordar y su decisión de hablar brindó y brinda potencia y verdad al proceso de justicia.

50 años es un círculo que intentan cerrar. El gobierno ataca la memoria y justifica la represión del pasado mientras despliega la violencia del presente y utiliza el programa de la seguridad nacional: la matriz del antiterrorismo, la construcción de enemigos internos y la injerencia extranjera. En ese marco, extiende los dispositivos punitivos, persigue la organización colectiva y desprecia el mundo del trabajo. 

50 años de resistencia y organización. A través de la dictadura y de estas más de cuatro décadas de democracia hemos unido y cruzado formas de luchar, de resistir, de organizarnos, de ocupar la calle, de defender y conquistar derechos. La memoria es también la de los altos y bajos de los 80, de los 90 y de lo que va de este siglo. El recuerdo de las derrotas se superpone al de las plazas llenas y la construcción de horizontes nuevos.

50 años es un umbral entre la memoria y la historia. Medio siglo es demasiado tiempo para que las y los chicos sientan la dictadura como parte de su vida, pero alcanza para que conozcan la memoria contada por quienes la vivieron. Si nos frustramos o enojamos por cómo viven o sienten esa historia, somos nosotros los que nos alejamos. Es nuestra oportunidad de escuchar y trazar con ellos un mapa entre el pasado y el presente para que la memoria tenga sentido aquí y ahora.

Si a 50 años el horror es infinito, la lucha es concreta. 

No vamos a la plaza sólo a recordar un pasado que se aleja, vamos a ponerle nombre y presente a cada ausencia, a reconocernos como parte de una historia abierta y a encender la memoria del futuro. 

Por todo y a pesar de todo, nos vemos el 24.